Una temporada en Cuba: el canto del cisne

Mi idea de Cuba se ha construido a partir de mitos: José Martí, la tardía Independencia de España, Bahía Cochinos, el Bloqueo, el antiimperialismo, Casa de las Américas –el premio concedido a mis colegas Pablo Montoya o Pedro Agudelo—, el son cubano, Silvio Rodríguez y, sobre todo, la Plaza del Che de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá, una de las pocas universidades públicas del país, donde estudié de 1987 a 1991. En este lugar transcurrieron movimientos estudiantiles, protestas, tomas de “encapuchados” y manifestaciones proselitistas, incluidas las de Sendero Luminoso izando sus banderas rojas.

El 8 de octubre de 1976, en reemplazo de la estatua de Francisco de Paula Santander, “héroe” de la Independencia colombiana que resultó decapitada, los estudiantes pintaron la imagen del guerrillero argentino en el muro de la biblioteca de la Universidad y rebautizaron la plaza con la interjección que desde entonces identifica a Guevara. Oponiéndose al estado de excepción declarado por el presidente liberal Alfonso López Michelsen, los hermanos Alfredo y Humberto Sanjuán, plasmaron esta imagen. El guerrillero asesinado en Bolivia solo dos meses después de mi nacimiento y la revolución cubana ganaron su lugar en mi inconsciente gracias a la Plaza del Che. Por lo menos hasta 1997, cuando el Che y Cuba adquirieron otra connotación.

Fue ese año cuando asistí en París a la Fête de l'Humanité o Fête de l'Huma, evento organizado cada año por el periódico L'Humanité, el Partido Comunista y diferentes vertientes de la izquierda francesa. Allí me di cuenta hasta qué punto la apología de la figura histórica y la defensa de una ideología se podían engullir la realidad de los habitantes de un país y, para el caso, de quienes sufrían la realidad de la Isla. Ante mis ojos, Cuba, el Che, la revolución o el socialismo se identificaron entonces con el sueño de esa izquierda bien pensante del primer mundo empeñada en exaltarse a sí misma por encima de la cruel realidad. El Che se vendía allí como imagen de libros, videos, películas, camisetas, agencias de turismo, ceniceros, lapiceros, gafas… y Cuba, como el espacio idílico de la revolución, el comunismo y Fidel. 

De lo anterior queda poco. Colombia vivió en estado de excepción, más o menos hasta 1991, y por su participación en el movimiento estudiantil, según su familia, los hermanos Sanjuán desaparecieron el 8 marzo de 1982 a manos del F-2 de la policía. Justamente, en 2016 la imagen del Che fue desaparecida de la Plaza de la Universidad Nacional –dicen algunos que porque es necesario darle un espacio a la política de la paz derivada de los acuerdos— y la maravillosa Fête de l'Humanité en Francia mantiene una excelente programación y numerosos invitados de la más progresista condición, inundada eso sí de publicidad que hace de la cultura consumo. 

En 2014, en mi cuento “Tarjetas de Isla Perdida” la estúpida seducción de un vano filósofo extranjero a una gentil camarera local que también resulta filósofa pone en entredicho la relatividad del pensamiento, las ideologías y los estamentos sociales a propósito del mundo y la Isla. “Eso es parte de mi trabajo para los turistas. Nada más”, explica la mujer poniendo en evidencia la condición a la que han llegado los intelectuales en un país marginalizado donde el turismo y la prostitución definen su economía.

Con esos y otros supuestos, hacía años había querido ir a la Isla (curioso cómo a menudo esta palabra se entiende por su referencia a Cuba habiendo tantas islas por ahí) sin poder concretar el proyecto. Por años, para un colombiano como yo este fue un viaje difícil, no solo por las conexiones aéreas (que no existían) sino por las consecuencias que podrían derivarse de él: tener el visado correspondiente y el sello de entrada en el pasaporte podía ponerlo a uno en el índex del sistema y perjudicar la entrada posterior a Estados Unidos y su aliados. Si se aventuraba al hecho, decían, lo mejor era no dejar constancia alguna del viaje, es decir, asegurarse de que el pasaporte no fuera sellado. La cuestión se volvía, como todo sobre Cuba, política, y hasta peligrosa.

Mi viaje a Cuba en octubre de 2017 obedeció pues a la invitación al Encuentro Latinoamericano de Novela Negra “Fantoches”, en la ciudad de Santa Clara, “dedicado a Argentina en el 50 aniversario de la caída del Che”. El desarrollo de mi investigación sobre la novela de crímenes en América Latina (que incluye un extenso apartado sobre la Isla), el apoyo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) y del Proyecto Cultura Comunitario La piedra Lunar, se sumaron al patrocinio del Grupo Estudios Literarios, GEL, de la Universidad de Antioquia en la que trabajo y a cierto cambio geopolítico favorable para la imagen del país en Colombia. También a la suerte, el destino, al voluntad… en fin, quién sabe a qué otra cantidad de factores.

Aunque por años el gobierno de la Isla no estampaba la visa en el propio pasaporte, esta vez el mío quedó con la fecha y hora de entrada. Con la compra del billete obtuve la de turista y, luego, cuando llegué a la Isla, me dieron un visado cultural, conforme a mi condición de escritor y profesor, que me permitía participar en el festival. Esto último no es un detalle: me hubiera avergonzado ser turista en Cuba: la lógica absurda del turismo ha hecho de ella y de buena parte del tercer mundo imagen de prostíbulo o bar repugnante (España o Marruecos incluidos).

El Festival “Fantoches” de 2017 (cuyo nombre se inspira en los fantoches de 1927 que escribieron la primera novela negra en Cuba a varios manos) me permitió actualizar mi imagen de Cuba para llevarla a un lugar que, a su vez, sin duda, se modificará bien pronto dada la rapidez de la vida, la historia y la memoria.

*/*

A mi llegada a la Isla, veo el aeropuerto José Martí como alguno de provincia colombiana, distinto a los inmensos aeropuertos de Buenos Aires o México, los de Santiago o Bogotá, pero nada del otro mundo. Lo especial de este es que con tanta información y, sobre todo, por la mala información, se erige como la entrada a un “mundo desconocido”, algo así como la puerta a un país árabe.

Me sorprende en primer lugar la llegada simultánea de extranjeros, sobre todo europeos, de aquellos que vi hace años en la Fête de l'Humanité, arribando al trópico de la revolución, con sus botellas plásticas de agua pura, sus inefables sandalias de verano, sus sombreros de panamá y su evidente expectativa con La bodeguita del medio.

Con mi maleta de libros para entregar a los colegas (los de la colección Medellín Negro que dirijo), de inmediato hago el cambio de divisas correspondiente y constato que me dan poco más de ¡114 CUC (peso cubano convertible, la divisa para los extranjeros) por 100 euros!, casi uno a uno, cosa que no deja de preocuparme. ¿Me alcanzará el dinero que llevo para los días en que estaré en el país? ¿Será todo tan caro como anuncian algunas mercancías con ese CUC?

Pido una guía de la ciudad en el mostrador de información, pero no hay, o debo comprarla a 1 CUC en otro sitio, al que no me dirijo puesto que quiero salir ya del aeropuerto. Soy alérgico al helado aire acondicionado (que está allí y estará por todas partes) y este me expele. Mi aversión al frío (y más si es artificial) es total y luego de unas seis horas de viaje y mi expectativa por conocer el país, me exigen hacerme pronto a él.

De acuerdo con las instrucciones de quienes me invitan, tomo un taxi hacia La Habana. ¡Un taxi con el bendito aire acondicionado! Desde la ventana del automóvil (un sedán cualquiera), acuden a mis recuerdos de la fría gauche caviar de París (desde mi tercer mundo hasta el proletariado francés me parece gauche caviar), mis fugaces referencias de los numerosos guerrilleros colombianos asilados aquí en diferentes momentos de la historia, mis cursos sobre literatura cubana y, hoy por hoy, los acuerdos de paz entre el gobierno y las FARC, hecho este último que sin duda sirve de trasfondo para los recientes cambios en torno a los viajes a la isla y el sello en mi pasaporte.

El taxi helado avanza en medio de la autopista extraña de este enigmático país. Me lleva un conductor que no habla demasiado y solo responde a mis breves preguntas con lo que considero los tópicos dominantes para turistas. El Che, las playas… Afuera, bajo el sol inexorable, se ven los automóviles Ford de época, muchísimos de ellos destartalados como no aparecen en la publicidad occidental o en las imágenes idílicas de la Isla de la Fête de l'Humanité. El tráfico fluye como no ocurre ya en Bogotá o en Medellín, donde la afluencia inaudita de automóviles contamina el ambiente, el aire y la vista.

En la ruta voy viendo numerosas fotografías del Che o de Fidel con sus consabidas frases o emblemas alusivos a la revolución y al hombre nuevo, y, por una curiosa asociación de imágenes, recuerdo la fotografía omnipresente del Rey Hassam II en Marruecos cuando estuve allí hace ya varios años.

Ya en el perímetro de la ciudad, el conductor me va indicando los ministerios, el de agricultura y el de cultura, algunas plazas, las vías y el edificio de la Universidad de Cuba, donde funciona el programa de Letras, una magnifica construcción del siglo XIX que me recuerda la Facultad correspondiente de Salamanca en la Plaza de Anaya. Recuerdo la trascendencia de la literatura cubana en los estudios literarios –los míos incluidos— y las investigaciones de Carmen Ruiz Barrionuevo, mi directora de tesis doctoral, otro ejemplo de este patrimonio mental y mítico respecto de Cuba.

A continuación, bordeando el magnífico malecón (que inspiró mi cuento “Tarjetas de Isla Perdida” y evoca también la absurda Cartagena colombiana de miseria y prostitución), llegamos a la Avenida Italia (Galiano) y buscamos su cruce con la calle Ánimas donde mis anfitriones me han reservado un hostal, es decir, un apartamento particular que, gracias a la autorización del gobierno, ha podido convertirse en albergue de extranjeros. Uno más de los muchos que veré durante mi periplo en la Isla. Desciendo del automóvil y pago la bicoca de 25 CUC por la carrera, tanto como en Madrid, México o Bogotá.

La llamada economía realmente ha llegado a ser mundial, o global, según se diga, y a pesar de cualquier aislamiento, como en Marruecos o Argelia, en Túnez, esto de pagar un precio “global” es una verdad de Perogrullo. En Cuba, existe esa onerosa moneda pero también un peso nacional para uso local que equivale a la vigesimocuarta parte de un dólar, divisa que sirve para el pago de los salarios, la compra de la comida o el pago de los alquileres. La divisa de la vida real de los cubanos. 24 a 28 Cuc es más o menos el sueldo mensual de un empleado público y 1 Cuc es equivalente a un dólar.

Con esa rara y hasta molesta condición de turista que a pesar de todo poseo, sigo evocando similitudes: la Calle Galiano me recuerda la Mohammed Avenue de Casablanca, donde hace años, por mero azar, tuve la fortuna de conocer a quien fuera durante un tiempo el amante furtivo de Roland Barthes, una loca de tacones y pelucas, como se describió a sí mismo, orgullosa de serlo y ávido de transmitir su sabiduría. A primera vista, siento que este es un lugar semejante, un lugar de seres alternativos como él, un espacio de nostalgia y epidermis (esta palabra me surge en ese momento y a menudo durante la temporada), de historia e irreverencia, de límites y excesos.

Ahí, en el cruce de la Galiano con Ánimas, supongo, empieza realmente mi aventura epidérmica: hasta donde sea posible, en la corriente de mis mitificaciones, intentaré despojarme de todo prejuicio, y, como Santo Tomás, tocar una llaga y solidarizarme hasta donde pueda con el dolor, con el sufrimiento de ese cristo, que puede ser también el pueblo cubano.

Cuba exige pensar de otra manera, sentir de otra manera. Basta ya de la deducción, de la imposición de ideas, de la ilustración de doctrinas, me digo. La cuestión debe ser, en buena parte, epidérmica: sentir en carne propia lo que sienten los cubanos. ¿Difícil? No. ¡Imposible! Solo ellos saben de su dolor, de su fe, de su situación, de lo que queda de revolución, de socialismo y de Che.

Por mi parte, siento que, incluso por sobrevivencia, estos días debo sentir así y, por tanto, despojarme de palabras como política, revolución, socialismo o democracia, evitar las comparaciones, otorgarle un lugar como pueda a la solidaridad, la empatía y la identificación. Escuchar. Sentir lo que veo; sobre todo, sentir dentro de la lógica de los cubanos. Basta de informaciones.

Con esta nueva metodología, si se puede hablar así de la experiencia que me propuse, mi espíritu va abriéndose paso al encuentro con la realidad. En el trayecto voy confirmando que, a pesar de toda voluntad, resulta casi imposible separar esta de la percepción. Yo quiero intentarlo, por mi bien, por el de la vida o, si fuera posible, por el de mi función transmisora de esa otra realidad, de esas voces que subrepticiamente van llegando a mí del lado de la simple vida. La visión tiende a definir la realidad, a desprenderla de su contenido, a maquillarla o incluso a traicionarla, pero deben existir hálitos de verdad por ahí escondidos. Aquí en Cuba no quiero ser un turista, quiero ver esa realidad que hace del país un inestable epicentro mundial de las fuerzas en pugna y transmitir hasta donde sea posible una percepción honesta de su naturaleza. El ejercicio, claro, resulta muy difícil, pues pone en entredicho la inteligencia, la objetividad y, sobre todo, la sensibilidad. ¿Cómo se puede ser del todo sincero si siempre está de por medio el lenguaje y con él la ideología? ¿Cómo se puede ir al margen de discursos o de la cultura que siempre buscan explicar y definir la vida? ¿Cómo transmitir la voz de todos los que me hablan a su modo, quienes ni siquiera hablan o aquellos que se atreven a hablarme y seleccionan con sumo cuidado lo que me dicen? ¡Cómo hacer todo eso y conservar la calma!

*/*

En Ánimas, una mujer de unos noventa años, de origen español, se me aparece como imagen inicial de la experiencia. Habla mucho, pero no le entiendo sus palabras. Entiendo, eso sí, su ánimo bromista, su tono dicharachero. A su modo, con tal expresión, me da la bienvenida. Es muy blanca, parece lisiada, y no para de mecerse en su silla, donde luce excesivamente incómoda. A su modo, interviene en la conversación de quienes estamos a su alrededor (el casero, su hijo, sus amigos y yo) y todos apenas reparamos en sus palabras. Mientras estoy ahí, junto a ella, sus intervenciones van en aumento. Acaso percibe que me intereso por lo que dice y habla aún más. Yo me esfuerzo en entenderla pero no lo logro. Fuera de algunas palabras, que son bromas, no encuentro ilación en ellas, son como fragmentos de un sistema que no encuentran conexión. Algo de metafórico debe haber en este primer encuentro, pienso ahora.

El impacto que me deja esa primera visión genera en mí una curiosa ambición de comprender de esa otra manera, epidérmica, a la que me he referido. La intuición debe reunirse con la experiencia en este sentido. Estoy en La Habana y quiero dominarla de tal modo (como si esto fuera posible). ¿Se trata de la misma ambición que pude haber tenido en Bogotá, procedente de Pamplona, en Madrid, en 1995 cuando llegué de Bogotá? ¿O en París, en 1997? Esto me puede estar sucediendo de nuevo en Cuba: una inmersión en lo por mucho tiempo prohibido.

Camino, entonces, por Galiano, por Ánimas, por Lagunas, por Virtudes… las calles cercanas y, en especial, por callejones y meandros anexos. Poco a poco, me siento en otra época, en otro mundo, en una realidad paralela, como dice mi primer anfitrión, Álvaro Castillo, otro de los invitados al Festival, un colombiano cubano que reúne razón y sensibilidad. A través de sus ojos siento que La Habana es un New York de 1906, un Buenos Aires de los años veinte, una especie de Bogotá de los años setenta a punto de caer.

Al llegar al Paseo Martí (Prado) pienso que La Habana es también como Barcelona pero con una bomba de por medio. Como si se caminara el día siguiente al bombardeo: edificios magníficos, estaciones, palacios y castillos de finales del siglo XIX y principios del XX a punto de colapsar. ¿Caerán hoy encima mío?, me pregunto. La visión es extrema y hago entonces una asociación fidedigna: La Habana está atrapada en su historia, a punto de caer frente a los ojos de todos. Lo digo por contraste: en Bogotá o Medellín es difícil ver la historia al lado: las edificaciones “modernas”, de los años setenta del siglo XX a lo sumo, dominan el paisaje al punto de perderse la sensación de un pasado, de un origen o causa. En Colombia, la ciudad no parece venir de algo, por lo tanto no se sabe para dónde va. La Habana muestra de dónde viene pero anuncia un pronto colapso que nadie puede dimensionar. Difícil explicar el contraste. Eso se siente.

*/*

Al día siguiente, el encuentro de los escritores es cerca a la Asociación de Escritores y Artistas de Cuba. Todos juntos iremos a Santa Clara. Mientras Álvaro y yo esperamos a nuestros anfitriones y a los argentinos, intento desayunar. No encuentro dónde. Son las 9:30 y solo hay una pequeña plaza de mercado cercana donde venden café, jugo de naranja y pan. El primero, fuerte; el segundo, poca fruta y mucha azúcar; y el tercero, delicioso. Para completar, en la plaza encuentro un turrón de ajonjolí. Me aprovisiono de otros que me servirán en el camino. El tema de la alimentación se mantendrá como telón de fondo: en la Isla hay pocas frutas; las reses son propiedad del Estado y comemos carne siempre, me hace faltan verduras distintas a la acelga y el pescado; las bebidas son generalmente refrescos muy azucarados y el agua embotellada. El ron circula por doquier.

Definitivamente la dieta cubana es diferente a la colombiana y la delgadez de los cubanos, su paradójica longevidad, su afición al ron dan cuenta de esto. La libreta alimentaria les garantiza a todos los cubanos azúcar, sal, arroz, fríjoles, huevos, aceite, café o leche. No obstante, me sorprende el hecho de que al festival acuden personas mayores, hasta de 95 años, y, a vuelo de pájaro en La Habana o Santa Clara no se ven muchos niños ni personas de 25 a 35 años. Solo en el malecón de la capital, en la noche, unos cuantos adolescentes y jóvenes oyen reggaetón en grabadoras antiguas. Me pregunto si el mito de la seguridad, el aborto legalizado o la vigilancia de los Comités de Defensa de la Revolución, que previenen desviaciones ideológicas, tendrán que ver con el asunto. Oigo expresiones de satisfacción ante la seguridad en el país, pero no quiero pensar que eso implique, como en Colombia, el sacrificio de los jóvenes.

Santa Clara tiene otro cariz. Lorenzo Lunar y Rebeca Murga son los mejores anfitriones que uno pueda desear: desde nuestro encuentro, están pendientes de todos y cada uno de los detalles para la comodidad de sus invitados. Han dispuesto una excelente programación del evento, coordinado numerosas actividades amenas e interesantes y están pendientes de la coordinación de los hostales, los desplazamientos y las comidas. A ellos se suma al fin la compañía de los escritores Raúl Argemí, Fernando López y Lucio Yudicello, estos dos últimos con sus encantadoras mujeres, Mercedes y Gladys, y Álvaro, el librero y escritor colombiano que, sin duda, se ha hecho cubano por adopción y guía espiritual para colombianos como yo durante un viaje que parece más una iniciación. Con ellos asimilo de una manera más fácil el impacto de la Isla en mi confuso inconsciente.

Como en La Habana, el Huracán Irma ha hecho lo suyo aquí en Santa Clara. El techo de una escuela ha salido volando y el muro correspondiente ha sido derruido. Las playas más cercanas, a las que en general se dirigen los turistas que pasan por aquí, han sido clausuradas. Hay animales muertos en ellas, dicen. Aunque no se han presentado los graves daños de otros lugares, y la administración de la ciudad tanto como la comunidad han reaccionado rápidamente, se siente todavía el impacto del fenómeno. Un huracán no es cualquier cosa y en circunstancias de posguerra como estas que se han apoderado permanentemente de Cuba podría arrasarlo todo.

A pesar de estas difíciles circunstancias, las conferencias y actividades del Festival se desarrollan en un ambiente original, mágico, de sensibilidad y solidaridad como el que cualquier escritor desea. 

Sí se trata de sensaciones, la música cubana es lo más intenso para mí: como el cisne, Cuba canta, y canta todo el tiempo, canta magníficamente, sin parar; canta bellísimamente en su propia oscuridad, al margen de un mundo indiferente a su dolor, con una dictadura, el manido bloqueo, el embargo o lo que sea que la rodee y un Caribe infausto que amenaza con hundirla. Son los ritmos negros, los mestizos, los castellanos, la trova, la conga, todo tratando de ganarse un espacio en medio de la vida, un lugar entre la muchedumbre, en los hoteles, entre los turistas. La música parece una isla dentro de la Isla. Resulta más rentable ser músico que médico o ingeniero, cantante que enfermera, como prostituta que profesor o contador, y en la música se oye el lamento por esta inversión de todo.

Este canto de cisne en que está empeñada la Isla es lo que debió constituir hace años su rebeldía frente al poder del blanco; simbólicamente, es lo que, hace unos días, pudo ser el llamado ataque acústico contra los norteamericanos de la embajada sordos ante su dolor. El cisne no para de cantar porque se está muriendo y quienes lo rodean solo piensan que es hermoso su canto. No se conmueven como deberían, no se dan por aludidos respecto de lo que en realidad está sucediendo. Sí, es hermoso su canto pero pronto puede finalizar si las cosas van como van.  Este año, la Asamblea General de la “Organización de las Naciones Unidas”, ONU, votó otra vez (¡van 26 años en lo mismo!) a favor de la suspensión del embargo contra Cuba. Solo Estados Unidos e Israel votaron en contra porque “el pueblo sigue privado de sus derechos humanos y libertades fundamentales”. Así, el embargo se mantiene y lo que mandan los que tienen el poder lo siguen quienes no lo tienen. Mientras tanto, un graffiti en La Habana dice: “Bloqueo: el mayor genocidio de la humanidad”. La o final de la palabra bloqueo es una soga de ejecución.

*/*

A continuación, nuestro viaje a Remedios me resulta otra faceta de la experiencia. El pintor Fernando Antonio Betancourt Piñero es el anfitrión y la dirección de la Uneac y la dirección municipal de cultura se encargan de organizar las cosas. Tanto como Joel, nuestro amable anfitrión del hostal. Luis Manuel Pérez Boitel, Premio Casa de las Américas 2002 y miembro de la Uneac hace parte del comité de bienvenida y luego tendré el gusto de tomar un café con él. Intento vivir a mi manera, por encima de mis circunstancias, dice. Ganar premios literarios le ha permitido consolidar su carrera.

La “villa de las mil leyendas” es un núcleo inmensamente cultural, musical, que ha hecho de la fiesta, el turismo y la música bases de su desarrollo y del necesario ingreso económico. Remedios depende, sobre todo, de una fiesta musical llamada La Parranda, que se realiza la noche del 24 de diciembre. Este evento ha sido seriamente analizado por los investigadores María Victoria Fabregat, Juan Carlos Hernández y Erick González, a quienes escucho interesantes explicaciones de este y  muchísimos otros aspectos de la ciudad: mitos y leyendas, historia colonial, evolución de pueblos, etnias y culturas.

Por mi parte, en Remedios quedo absorto con la conga, uno de los ritmos que quedan de la tradición africana en Cuba, otra representación del último canto. Entre música de tambores, el cantante repite versos una y otra vez en un esquema catártico de pronta muerte. Repite y repite y no se detiene, y los músicos se alternan en medio del ritmo, el sudor y el ron. Son golpeteos desaforados contra una estructura dura que no logran transformar. Otro cisne que anuncia su probable fin.

Así es Cuba, pienso yo, así son los cubanos, tratando de sobrevivir a como dé lugar, dándole y dándole a la vida mientras tienen hálito y esperanza, sin quejas ni lamentos estentóreos, sin llantos mentirosos, toman lo que pueden para continuar y viven con lo que tengan, con las uñas. Hace años les dijeron que una revolución era posible, que todos tendrían derechos, que tendrían su lugar. Como los demás latinoamericanos, se creyeron un cuento de justicia e igualdad, y como los demás aspiran a que su esfuerzo los lleve a esto, o acaso los conduzca a algo, a alguna parte, a un lugar que les ofrezca algún fruto, les asegure la comida, la casa o la vida. ¿Llegaremos a alguna parte, les pregunto ahora? ¿Nos hemos dirigido los cubanos y los demás latinoamericanos a algún lugar?, pregunto yo desde mi base. Sacar adelante un país, con esas uñas, con lo que tengas para vender, contigo mismo, no es cualquier cosa.

*/*
De nuevo en Santa Clara, los argentinos y yo vamos al Mausoleo del Che, santuario obligado de turistas, creyentes o simplemente interesados en la historia del guerrillero, como las filas de europeos que van y vienen. Ahí está la tumba del Che y la de otros militantes víctimas de la revolución. En un gran salón, fotografías, papeles, ropa, etc., ilustran el curso de la vida del héroe. En su periplo por Colombia, justo en la frontera con Venezuela, en julio de 1952 su amigo Alberto Granado le regaló un libro de relatos, La provincia perdida, de Eduardo Santa Loboguerrero, publicado solo un año antes. Al verlo en una vitrina, imagino la escena en medio de la selva: dos jóvenes aventureros en un lugar de la nada hablando de un proyecto utópico llamado revolución para América Latina entera y de literatura. Recuerdo con este hecho que el propio Fidel estuvo años atrás en Bogotá y vivió El Bogotazo de 1948. Entonces pudo haberse encontrado con su amigo, Gabriel García Márquez, y debió hablar de los mismos temas. Algo en común deben tener estos dos hechos. El Che y Fidel se encontrarían a su vez, en México, en 1955, y hablarían de esos encuentros y, de nuevo, de la revolución para América Latina, la obsesión del Che y de los idealistas que quedan. Me pregunto ahora si hablaron de la perenne negación y absoluta permeabilidad de Colombia por una revolución: un país cerrado con tranca frente a los movimientos sociales.

La idea me lleva a hacer un paralelo de Colombia con Cuba: a su modo, Colombia es el anverso de la Isla, lo que esta pudo haber sido y no fue. El camino que se truncó. Sin revolución, ahora canta el neoliberalismo, la proliferación de automóviles en las vías, los teléfonos portables, la internet o los centros comerciales, también la violencia, los paramilitares, la división absoluta de clases y las masacres. Pero esto es indemostrable, y no creo del todo en ello. Si Colombia hubiera tomado otra ruta, tendría los mausoleos de los combatientes de las FARC o el ELN, un Partido Comunista heroico y la historia de su mitificación. Tampoco esto me llena de buenos augurios.

La previsión de la historia es un juego y nos ofrece sus pasadas a la imaginación. La confirmación del bloqueo a Cuba en la Organización de Naciones Unidas y los diálogos de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC en Colombia son la realidad de hoy.

*/*

De regreso a La Habana, el jueves 19 de octubre los argentinos y yo ofrecemos una conferencia sobre la novela de crímenes en América Latina en la Casa de las Américas. Solo hay dos espectadores: Jorge Fornet, coordinador de la entidad (el director sigue siendo el longevo Roberto Fernández Retamar), y una argentina que vive en la Isla. Al salir, comprendemos la razón: este día se conmemoran los sesenta y ocho años de la misteriosa desaparición de Camilo Cienfuegos. Otro mito. Numerosos uniformados, niños de colegio, gente de todo tipo lanza una flor al mar en señal de homenaje. El viejo guerrillero tiene su propia historia para comprobar los singulares resquicios del camino de la revolución.

“Solo una revolución puede salvar la Revolución. Subvertir aquellas zonas del orden existente que caducaron supone objetivamente una «ruptura», y es la juventud quien tiene el ímpetu y la fuerza para hacerlo. Lo bello y difícil de un proceso que quiera llamarse revolucionario y socialista es que en esa «ruptura» radican los principales rasgos de continuidad con las generaciones anteriores", opina Carlos Lage Codorniú, doctor en Ciencias Económicas, a propósito de la Cuba contemporánea. “...la mayoría de los cubanos está convencido que el destino del país debe ser decidido en La Habana, no en Washington D.C. o Miami. Esta es probablemente la principal ideología a que se adscriben los habitantes de la Isla en la actualidad”, dice Ricardo Torres Pérez, investigador del Centro de Estudios sobre la Economía Cubana de La Habana.

*/*

Hoy las cosas son como son, digo. El mundo es tan compacto que es definido por el mercado. Poco pintamos los seres humanos frente a la fatalidad de los sistemas que, en última estancia, determinan solo unos pocos. Estos rufianes nos trajeron adonde estamos y nosotros solo intentamos salvarnos de la hecatombe, como podamos, a como dé lugar, por encima de eso y de todo. Morimos en el intento y quienes vienen no tienen ni idea de lo ocurrido. No sabrán ni podrán saber lo que ha sucedido para llegar hasta aquí. Cuando se enteren, cuando lo comprendan de veras, también morirán. Ese es el ciclo natural. Ese día, justo cuando se enteren, morirán. Y el canto lúcido de la agonía dará cuenta de la consciencia.

 

image (1).jpeg

La soledad de Colombia

El título “Cien años de soledad resume una sensación colombiana de desamparo trascendental, de abandono, de aislamiento, y define nuestra situación histórica como ciudadanos de este país, abandonado de un Occidente ajeno y de una América Latina que le resulta extraña.

I.

Hasta hace muy poco comprendí en mi campo simbólico personal el sentido del título de la novela Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez, que por años me inquietó. No me satisfacía pensar que este último párrafo, cuando Aureliano Babilonia “acaba de descifrar los pergaminos” de Melquiades, fuera lo que lo justificara eso de la soledad permanente de este país:

Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que… todo lo escrito en ellos (los pergaminos) era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían ninguna oportunidad sobre la tierra (subrayado mío 351).

Aunque la novela entera me había impactado sobremanera, por considerarla pieza fundamental para la comprensión de mi identidad y mi cultura colombianas; por hablar de una familia que era mi familia, unos hombres y mujeres que éramos los hombres y mujeres colombianos y un dolor que era el mío; esta resolución y el título mismo siempre me habían supuesto una especie de acertijo, un secreto que no lograba comprender en toda su dimensión, como los pergaminos de Melquiades. ¿Por qué Gabriel García Márquez había nombrado así su epopeya fundamental de la familia Buendía?, ¿por qué la importancia de ese gran tema de la soledad para definirnos? y ¿por qué la soledad en el contexto de una familia como la colombiana que puede ser la imagen de la solidaridad y la compañía?

Hoy, luego de 48 años de su publicación (curiosamente mi edad misma), yo, uno de los Buendía de Colombia, me aventuro a establecer una hipótesis: el título “Cien años de soledad resume una sensación colombiana de desamparo trascendental, de abandono, de aislamiento, y define nuestra situación histórica como ciudadanos de este país, abandonado de un Occidente ajeno y de una América Latina que le resulta extraña.

II.

La idea de entender de este modo el título de la obra cumbre de la literatura colombiana me vino hace pocos días como consecuencia del discurso de mi colega, el escritor Pablo Montoya Campuzano, en el acto de recepción del Premio Rómulo Gallegos con que fue galardonado en Venezuela. Dice él:

… en Colombia hemos sido gobernados por una clase política voraz y corrupta. A la cual ha respondido una subversión frenética y errática. Y entre ellas, o al lado de ellas, o producto de ellas, porque desde la Colonia hemos sido un territorio sometido por el contrabando y la rapiña, se ha instalado el narcotráfico. Y de esta confabulación han surgido las bestias del paramilitarismo y las bandas criminales. Nuestra geografía se ha llenado de muchedumbres que huyen porque implacablemente se les ha despojado no solo de sus seres queridos, sino de la tierra, el paisaje y hasta de la lengua misma. Esta última, la morada que amamos y que es la que nos convoca en este momento bajo la figura tutelar del escritor Rómulo Gallegos, también ha sido reducida a condiciones grotescas. A veces he pensado que a Borges, quien escribió una historia universal de la infamia, le faltó para que su compendio fuera más cabal referirse a las coordenadas colombianas. Con todo, la sociedad civil ha enfrentado esta coyuntura aniquiladora en medio de la impotencia, la indiferencia y la resistencia. Y es difícil entender cómo hemos tenido fuerzas para amar, para reír y asombrarnos ante la vida que surge desbordante e imparable ("El discurso de Pablo Montoya..." párr. 6).

Esta idea de una Colombia como parte esencial de la historia universal de la infamia estaba ya en Vicente Rojas Lizcano, a. Biófilo Panclasta, nuestro viejo anarquista, vilmente olvidado y duramente vilipendiado durante los primeros años del siglo XX.

En las palabras de este rebelde alucinado de Chinácota, Norte de Santander, se entiende la tenue línea libertaria de nuestra historia que pese a todos los sacrificios no logra cuajar en la sociedad. Así, en 1911 decía Panclasta: “Un Estado como en el que yo me encuentro es el peor enemigo que uno puede tener. ... Los colombianos somos en otra tierra parias del derecho”. Se lo dijo al presidente Olaya Herrera, por allá en el año treinta, cuando creyó que algo podía hacerse por los emigrantes de este pueblo perdido, sin respuesta alguna por parte de aquel. “Porque en Colombia se me niega hasta el talego del mendigo y el bastón del peregrino. … Colombia no ha sido para mí madre sino madrastra. Para mí, es una sima agónica, de donde ni siquiera puedo salir para realizar el entristeciente pensamiento de Bolívar: 'Aquí lo mejor es emigrar'”, le escribía al presidente Alfonso López Pumarejo en Bogotá, el 13 de noviembre de 1936.

Esas parecerían también las palabras actuales de un profesor como Miguel Ángel Beltrán, agobiado por la persecución de un sistema que quiere y parece haber logrado su caída. Pero, no. Eran las palabras de un anarquista sin sitio alguno en su propia sociedad dominada por camarillas de conservadores y liberales sin espacio alguno para otra opción, siquiera crítica.

La identidad entre las palabras de Montoya, las de Panclasta y lo que advierte García Márquez en su novela me parece una obviedad. Y no es la única.

En otro lugar distante, tanto desde el punto de vista geográfico como ideológico o religioso,  esta idea de soledad, de desamparo, está en la voz de la Madre Laura Montoya, tan celebrada en los últimos tiempos por haber recibido de la Iglesia católica nada menos que la canonización el 12 de mayo de 2013. En su Autobiografía, al hablar de su regreso de Roma, la monja advierte:

Tampoco experimenté lo que las hermanas experimentaron al pisar tierra colombiana, después de ese tiempo de ausencia. Allí, contemplando la alegría de ellas, sí que me convencí de que no tengo patria y que sólo el dolor reina en mi alma, a pesar de mi constante alegría. ¿Qué fue Europa para mí? ¿Y qué fue llegar a Colombia? ¡Puro destierro! ¡Puro dolor! Tierras grandes y tierras chicas; tierras que llaman bonitas y tierras que nombran feas, ¿qué son para mi alma?

¡Destierro y sólo destierro! ¿Qué más da a mi alma el estar en la tierra en donde nací o en las que no me vieron nacer? ¡Nada, absolutamente nada!

¡En donde quiera reina el pecado y sus estragos se ven en donde quiera!

¡Oh! Si yo encontrara un lugar en donde se amara a Dios y no se le ofendiera, quizás ese sitio se ganaría mi corazón; pero, Señor de mi vida, si este sitio no está sobre la tierra, ¿cómo no he de suspirar por el cielo que guarda a todos tus amadores y en donde nadie te ofende?

No tuve, pues, la más leve alegría al llegar a Colombia ni al encontrar a los míos; me refiero a la alegría del alma, pues eso que llaman gusto, claro que sí lo tuve al ver a los que nos fueron a encontrar. Que me perdonen los que esto lean si les parecen escandalosas mis frases acerca del patriotismo (1176-1177).

Las palabras de esta monja perseguida por el clero oficial revelan en su humildad y descarnamiento todo un sistema de exclusiones y definiciones de una Colombia profundamente sola en su injusticia. La madre Laura venía de Europa, donde había verificado la fatal circunstancia de todo un gremio que le había obstaculizado su solicitud de conformar una comunidad para proteger a los pueblos indígenas, que hasta entonces no contaban con solidaridad alguna.

Si hay alguien solo en este país es el indígena, y la madre Laura lo comprendió. A diferencia de los altos jerarcas de la Iglesia colombiana, ella asumió esa tarea de defender las minorías indígenas. Algo así como la intención de Biófilo Panclasta respecto de los olvidados y desheredados de principios del siglo XX. Una quijotada.

Tanto Montoya y Panclasta como la madre Laura constituyen para mí voces autorizadas de todo un colectivo enmudecido por años, un pueblo acallado y solitario que, como he dicho antes, encarna hoy por hoy en personas como el profesor Miguel Ángel Beltrán. Un profesor que ha sentido el peso del sistema y que no cuenta más que con su convicción interior, con la certeza de su soledad, para defenderse en medio de los segundos cien años de soledad que vivimos los colombianos.

Pero, luego de todo esto, más impactante me resulta ahora que tales ideas, tales exclusiones, con tal antigüedad y vigencia; tales percepciones de soledad se repiten terriblemente en la voz de un muchacho homosexual de Bogotá, Sergio Urrego, que, como consecuencia del bullying del que fue víctima se suicidó el 4 de agosto de 2014:

A mis 15 años comienzo a desligarme de cualquier tipo de patriotismo e inclusive amoldo sentimientos de odio y recelo contra un país de gente mediocre, descarada y pobre (mentalmente) al cual han fundado con el nombre de 'Colombia'. Un país que no es sino el reflejo de una educación paupérrima y de siglos y siglos de letargo auspiciado por el Estado, los diferentes gobiernos, la Iglesia y demás opios del pueblo (“El proyecto de vida de Sergio Urrego” párr. 15).

La educación paupérrima y el letargo auspiciado por el Estado y demás instituciones eran también los objetos de inquina de Panclasta. Los temas de interés de la Madre Laura y, hoy por hoy, de académicos contemporáneos como Pablo Montoya, Miguel Ángel Beltrán y yo, profesores universitarios que quisiéramos otra Colombia, fraterna, solidaria, civilizada, que parece tan lejos de existir. Otra Colombia que es acaso una región espiritual inconquistable.

Estos juicios de personas tan disímiles, y de tiempos y contextos colombianos tan diferentes, digo, me llevaron a pensar entonces en la razón del título de García Márquez para su novela Cien años de soledad.

Cuarenta y ocho años después de esta novela, advierto que ya son muchos más esos años de soledad que yo mismo como colombiano siento: ya deben ir, por lo menos, en unos 150, y que, por lo que veo, se extenderán a 200, o acaso más si tomamos en cuenta la manera en que el sistema se encarga de repetir, como en la novela de García Márquez, la estupidez y la injusticia de una manera atávica. Esa es la Colombia infame que se ensañó contra la Unión Patriótica, fuerza de Izquierda que resultó diezmada en unos cuantos años de intolerancia y eliminación. Una fuerza que estaba sola, sin el apoyo de una gran Izquierda, posicionada en el poder en buena parte de los países europeos o latinoamericanos durante los años ochenta y noventa de ese odioso siglo XX. Melquiades lo consigna en sus pergaminos y cada uno de nosotros, los colombianos, lo hacemos en nuestra propia vida. El incesto, la promiscuidad, el giro en sí mismo, el aislamiento, el onanismo, todas esas situaciones primitivas que se sintetizan en la cola de cerdo de la novela de García Márquez permanecen como las pautas mismas de la organización social de mi país. Esta es su soledad.

“Nuestra soledad tiene las mismas raíces que el sentimiento religioso”, dice Octavio Paz al definir la soledad del mexicano. “Es una orfandad, una oscura conciencia de que hemos sido arrancados del Todo y una ardiente búsqueda: una fuga y un regreso, tentativa por establecer los lazos que nos unían a la creación” (23). Lo de Colombia se le parece pero no es lo mismo.

III.

Colombia está aislada desde hace más de cien años. A veces pienso que desde su “independencia”, pero no quiero ser injusto con aquellos que lucharon y se opusieron al dominio de los privilegiados en algunos momentos de su historia. En los verdaderos “adelantados” de los siglos XVIII y XIX; los indígenas que preferían el suicidio a la indignidad de someterse; algunos grupos mestizos, comuneros o femeninos, que buscaban transformaciones sociales profundas y reales. Biófilo Panclasta no era el único de su naturaleza. Quienes luchan hoy por cambios que resultan más que nunca utopías ofrezco mi reconocimiento. Ellos fueron y son brotes de dignidad. Lo demás, lamento decirlo, me parece árido, “infame”, para utilizar los términos de Montoya. Historia de élite y dominados. Muestras de un Estado fundado para la exclusión y, por lo tanto, la soledad.

Justamente hace poco un escritor argentino, en Gijón, en la Semana Negra, me dijo que hoy por hoy Colombia es la Israel de América Latina: armada hasta los dientes solo tiene un amigo en el Norte que es como esos amigos que lo son mientras uno le haga el trabajo sucio. Algo así como los aliados de El Padrino en la novela de Mario Puzo.

Colombia, o mejor sus políticos, que desde mi punto de vista se diferencian bien poco de aquellos del siglo XIX y principios del XX (de hecho son sus descendientes), no han hecho gran cosa para construir la amistad y la solidaridad internas, y ni siquiera con sus pueblos más cercanos. Por el contrario, en estos años ha emprendido guerras contra sus vecinos: con Panamá (que aprovechó su aliado del Norte), o con Ecuador y Perú, a quienes subestima permanentemente. Incluso con la Argentina, que está bien lejos, tuvo sus encuentros armados en 1864 y durante el gobierno de los Kirchner le provocó su agrio rechazo.

Colombia ha alimentado constantes “diferendos” (¡vaya palabra acuñada por su oligarquía para definir la situación!) con su país dizque “hermano” (otro eufemismo), Venezuela, de quien se hace amigo a veces por puro pragmatismo comercial. Desconoce del todo al Brasil, en el sur, de quien apenas le interesa el fútbol o la samba; denigra permanentemente de Nicaragua, aduciendo que le roba lo que es suyo; y no tiene ni idea de lo que sucede en El Salvador, Guatemala o Costa Rica, pues ni siquiera hay vuelos de Bogotá hacia esos países que no exijan pasar, justamente, por Estados Unidos o, en le mejor de los casos, por Panamá. Hasta ese punto ha caído el lacayo.

En general, Colombia como país desconoce lo que sucede en otros países de su región. Incluso los grandes e hispanos. México, Chile o Argentina, apenas le importan. En sus noticieros jamás se habla de gobiernos y acciones sociales que resulten incómodos para su programa de Estado, es decir, para la visión de la derecha y la extrema derecha colombiana (que se parecen mucho y definen a buena parte de la población). Incluso, poco se interesa Colombia por los países que se le hermanan ideológicamente; de ellos, sabe apenas datos telenovelescos como en el caso de Peña Nieto y su hermosa esposa, que en general “va bien vestida”. La desaparición de los estudiantes en Ayotzinapa apenas conmovió a los colombianos y la noticia se olvidó pronto en medio de los reportes de las fuerzas armadas respecto de su acción justiciera en las calles de Medellín o Bogotá. Lo interno, se cree, exige toda nuestra atención. Poco espacio hay para el otro. Como en la Edad Media, apenas se sabe de la ciudad vecina, de la región limítrofe, y si eso no es así, lo es por puro interés comercial o militar.

El caso del sur me resulta paradigmático para sustentar mi tesis de los cien años de soledad colombianos. Desde siempre, Colombia ha estado al margen de lo que sucede en el sur. Al margen de Andrés Bello, que salió huyendo del norte del sur a Chile; de la discusión entre civilización o barbarie del siglo XIX (¡eso no le competía!); de las vanguardias literarias del siglo XX (tampoco) o acaso de escritores de élites progresistas de Colombia (ínfima esta) que hablan de Borges y Cortázar, por mencionar algunos ejemplos en el campo de la literatura. Nada le importa. De hecho, para su “intelligentzia” política, la cultura y aquí la literatura representan algo así como un adorno del que se puede prescindir en cualquier momento, un florero colorido, un cenicero de cristal o algo parecido. Ahí están los presupuestos para la universidad pública para demostrarlo. Mientras la educación privada, que es un negocio, funciona (sobre todo para sus dueños), a pocos de aquellos técnicos de la cultura les interesa hablar de Ilustración o, apenas, de formación pública profesional para todos. La educación paupérrima a la que se refería Sergio hace unos días garantiza la permanencia del statu quo, como lo denuncia hace años la voz solitaria del senador Jorge Enrique Robledo del Polo Democrático Alternativo (lo que queda de la Izquierda) en un Congreso infestado de corruptos.

En 1990 apenas se registró la caída de Pinochet. A los medios les importaba poco la noticia. Una dictadura era… comprensible, según se puede registrar en los periódicos de la época, y muchos esgrimen todavía que gracias al sátrapa se desarrolló el país y se preparó el terreno para lo que es hoy un poderoso del capitalismo. Como al hablar de la caída de Franco o de Stroessner, que yo apenas oí mencionar en su momento. Si uno le pregunta al colombiano promedio sobre alguna de estas “figuras”, difícilmente le responderá algo sensato, algo que valga la pena replicar. En el mejor de los casos dirá que fueron presidentes de sus repúblicas, de las que seguro no sabrán ni sus nombres. Así pasa en Colombia. Se vive en un autismo que le duele a la inteligencia, un aislamiento que es verdaderamente soledad y, para mí, onanismo. El “dulce caos”, dice otro colega y amigo, Juan Guillermo Gómez, en la Universidad donde trabajamos. Así, a quienes les importa en algo la cultura, la organización social, la verdadera política, los medios los bombardean con cuestiones locales que aparentan ser importantísimas (el bebé de Shakira, los viajes de Juanes y la rodilla de Falcao incluidos). Información sobre candidatos presidenciales o congresistas, el valor del euro o las soluciones a la movilidad (que literalmente es pérfida, pues con la quietud se garantiza el statu quo arcaico de cien años de soledad) atiborran los periódicos, incluso los pocos respetables.

La soledad de Colombia es extrema, los cien años y más de soledad son aterradores, como aterradores sus desaparecidos (más de los que suman todas las dictaduras del Sur unidas), sus millones de desplazados que, como en la novela La multitud errante de Laura Restrepo, caminan por montones sin destino alguno y sin importarle a nadie. Como los más de ocho millones de emigrantes que día a día se deben buscar la vida en el exterior (el “rebusque” lo llamamos aquí, en la oscuridad de nuestro país) o las familias de los más de seis mil ejecutados, óigase bien, ejecutados por las admiradas fuerzas armadas del país, que deben luchar contra la revictimización y el olvido generalizado. Muchas de estas familias apenas saben que hoy en Argentina hay procesos en contra de militares que desaparecieron a unas 30.000 personas en la dictadura de hace más de cuarenta años.

La soledad de Colombia es, en fin, mi soledad. Como la del profesor Beltrán. Hablando de lo que nadie habla, denunciando lo que nadie denuncia.

IV.

Miguel Ángel Beltrán, que tanto he mencionado, era profesor de la Universidad Nacional de Colombia y fue condenado a 100 meses de prisión por el delito de Rebelión. Vinculado con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, fue destituido de su cargo e inhabilitado por 13 años para ejercer cargos públicos. ¿Las pruebas? Archivos del computador del jefe guerrillero Luis Édgar Devia Silva, a. Raúl Reyes, “abatido” el 2 de marzo de 2008 en la frontera entre Colombia y Ecuador por las mismas fuerzas armadas de las ejecuciones extrajudiciales que invadieron Ecuador cuando el hoy presidente Juan Manuel Santos fungía como Ministro de Defensa del sátrapa nacional. De nada sirvió que la Corte Suprema de Justicia hubiera considerado antes, respecto de la tal USB del computador de Reyes, que no se había respetado la cadena de custodia durante la operación militar. Así sintetiza el periódico El Espectador el 18 de diciembre de 2014 el inicio de la persecución:

La investigación disciplinaria contra el docente inició en septiembre de 2011, cuando la Procuraduría General le formuló pliego de cargos por su presunta responsabilidad en labores de auspicio y colaboración con la guerrilla de las Farc.

En dicho documento el órgano de control disciplinario consideró que Beltrán “escribió documentos oficiales” para el grupo guerrillero y le colaboró con la presentación de escritos de tinte “revolucionario”, así como con divulgar este pensamiento en eventos internacionales ("Tribunal superior..." párr. 7 y 8).

Como Beltrán, yo me siento solo, como solos se quedan los muertos en los poemas de mi tocayo Gustavo Adolfo Bécquer. Aquellos pocos que han hablado, aquellos que han denunciado la locura en el mundo de la soledad, han tenido que “movilizarse”, desplazarse, emigrar, desaparecer, asegurando que este país permanezca en su sempiterna dinámica del aislamiento silencioso. Si no lo hacen, caen. Una cola de cerdo nos sale a todos en casa, pero de eso no se habla, y quien se atreve a decirlo sufre las consecuencias. Así son las cosas en mi “tierra del olvido”.   

 

Textos citados

García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad. Buenos Aires: Sudamericana, 1968.

Discurso de Pablo Montoya al recibir el Premio Rómulo Gallegos. El Universal. Caracas, lunes 3 de agosto de 2015. Disponible en:

http://www.eluniversal.com/arte-y-entretenimiento/150803/el-discurso-de-pablo-montoya-al-recibir-el-premio-romulo-gallegos

“Tribunal Superior condenó por rebelión al profesor Miguel Ángel Beltrán”. En El Espectador, 18 de diciembre de 2014. Disponible en:

http://www.elespectador.com/noticias/judicial/tribunal-superior-condeno-rebelion-al-profesor-miguel-a-articulo-533963

“El proyecto de vida de Sergio Urrego”. En El Espectador, 8 de agosto de 2015. Disponible en: http://www.elespectador.com/noticias/bogota/el-proyecto-de-vida-de-sergio-urrego-articulo-577859.

Beata Laura Montoya Upegui. Autobiografía o “Historia de las misericordias de Dios en un alma”. Medellín: Bodout, 2008.

Colectivo Alas de Xué. Biófilo Panclasta. El eterno prisionero. Bogotá: Codice, 1992.

Un día de esperanza: mi adopción por la Institución Educativa José María Bravo Márquez de Medellín

Dentro del programa “Adopta un autor” de la Alcaldía de Medellín, tuve la fortuna de serlo por la Institución Educativa José María Bravo Márquez el lunes 28 de septiembre del año anterior, 2015. La profunda experiencia, entre real y surreal, amerita esta crónica y un gran espacio en mi corazón que es el espacio de la esperanza en una nueva educación como motor de cambio social.

I.

La institución que quiso adoptarme debe su nombre al compositor José María Bravo Márquez (Medellín 1902- Apía 1952) que, con la colaboración de la música y pedagoga alemana Anne Marie Stober, fundó en 1932 lo que se llamaría “Orfeón antioqueño”, grupo coral integrado por estudiantes, empleados y obreros que cedieron ante su hoy popular frase “todo el que habla canta”, y que ha inspirado, además, el Festival Coral de Medellín “José María Bravo Márquez” que se celebra anualmente desde hace doce años con gran éxito para la ciudad.

A mi llegada a la institución, ubicada en la Comuna 4, Aranjuez, Barrio campo Valdés, me sorprende una gran pancarta de bienvenida con mi imagen y mi nombre. No lo esperaba, ni de lejos. Yo creía que lo mío sería una charla relativa a la literatura y su importancia en la educación.

Al entrar, me recibe la profesora Natalia Franco Arenas, maravillosa anfitriona. Ella me enseña los tres pisos de la institución, la zona de deportes, el patio y las distintas oficinas, donde laboran día a día personas que como ella quieren que este país progrese pese a las circunstancias. Natalia me habla de los mil estudiantes matriculados en tres jornadas, de primaria y secundaria, con programas para Jóvenes en Extraedad y Adultos incluidos; me explica algo de su trabajo y del de sus colegas; de las necesidades del plantel y del sentido de la educación para una transformación social. Me prepara para lo que será una experiencia intensa en que la sensibilidad aflora por parte y parte y donde se concreta una nueva forma de entender la educación y la formación de las personas.

II.

Al llegar a la plazoleta central, me espera lo surreal: más de 100 chicos de los últimos tres cursos se encuentran alrededor de una silla reservada para mí en todo el centro del espacio. Me sorprenden casi de inmediato con la puesta en escena de, nada más ni nada menos, mi novela Desaparición. ¡Cosa en principio imposible!

¿Puede llevarse a escena el conflicto emocional de una persona que sufre por la desaparición de su ser amado en el marco de la toma y la retoma del palacio de Justicia de Colombia de 1985? Pues, creo que un grupo de muchachos de la Institución Educativa José María Bravo Márquez lo logró.

Lo primero que me impacta de tal representación es el personaje de La Chiqui, extraída de mi propia novela, que en un intenso prólogo a la representación teatral me increpa a mí, su autor, de una manera directa. ¿Y tú qué? ¿Eres como todos los hombres? ¿Quieres realmente que las cosas cambien? Todavía me lo pregunto y la voz de la actriz Sara Vélez retumba en mi recuerdo.

Luego de este preámbulo, frente a mis ojos, aparece La Luz, el bar del centro de Bogotá en que recreé la novela, atiborrado de prostitutas y hombres de paso que intentan divertirse (personajes que son, claro, los estudiantes del plantel). La imagen me resulta entre impactante y molesta. Lejos de mí hacer apología de la prostitución o de los bares de mala muerte donde las mujeres son objeto y los hombres consumidores. Mucho menos en una institución de educación primaria y secundaria. Sin embargo, por lo que me voy dando cuenta en el curso de la representación los muchachos entienden el sentido de ubicar la novela en este espacio y lo asumen como una metáfora de Colombia. Comprenden el espíritu de hablar de prostitutas y chulos, de personajes marginales, de excluidos sociales, en un medio de injusticia e impunidad.

Con tal pauta, el grupo teatral escenifica a continuación la visita de la madre de La Chiqui a la Torre de marfil y el conflicto derivado de esta visita. Revelan en escena los problemas derivados de la prostitución pero, sobre todo, de la indeterminación de género que fue lo que a mí me preocupó tanto al momento de la escritura de la obra. De lo que se trataba era de solidarizarse con los más excluidos dentro de los excluidos.

Finalmente, se procede a representar –si esto puede ser representable— el dolor de la víctima de la desaparición forzada: el personaje de la novela Desaparición que busca en todas partes a su amada. Así, entre lecturas de textos y representaciones de apartados precisos del texto, el grupo de la Institución ofreció una idea del dolor de quienes sufren la desaparición de un ser querido y la fatalidad de lo que yo denomino la anomia social.

III.

Lo surreal de mi experiencia en la Institución Educativa José María Bravo Márquez no termina con la representación teatral de la novela Desaparición. Luego de tal representación, vino la etapa de las preguntas de los asistentes a mí como escritor en medio de una audiencia pendiente de mis palabras. Una cantidad ingente de muchachos hacen fila para preguntarme cuestiones como de dónde surgió el personaje de La Chiqui, cuándo empecé a escribir, qué consejos podría darles a ellos para su formación profesional y cuestiones de similar talante. Es en este momento en que tomo conciencia de que mi lector ideal no era en principio un jovencito de menos de 18 años de Medellín pero que así es la vida, un suceder de sorpresas. Hasta ahora pensaba que la novela iba dirigida a mayores de edad con juicios bien estructurados sobre las cuestiones fundamentales de la vida, y, sobre todo, de las injusticias del sistema en que vivimos. La literatura, sin embargo, encuentra poco a poco su propio lector: en este caso, muchachos menores de edad o acaso con dieciocho años cumplidos que afirman que lo que encuentran en mi obra es el testimonio de una experiencia cercana a sus propias vidas. Me da dolor que así sea, pero a la vez se fortalece en mí la esperanza de que la novela los lleve a tomar consciencia del significado de la libertad.

A continuación, como en un crescendo de emociones y sorpresas, en el teatro de la institución me muestran imágenes del proceso de mi adopción. Fotografías de los estudiantes leyendo la novela, testimonios de la experiencia, expresiones de expectativa con mi visita… todas esas cosas que suponen un hecho tan importante como el ingreso a una familia, que en este caso resulta ser la familia de una institución educativa oficial. Entonces hablo de mi propia formación, del significado de la libertad en mi obra, de la necesidad de reconocer esa libertad en cada situación de la vida, del valor de la juventud, de la importancia de una buena educación, etc., etc. La buena energía va determinando el curso de la experiencia.

IV.

Y la cereza del postre, como dicen en Medellín: en este último espacio del teatro de la Institución Educativa José María Bravo Márquez me entregan dos libros y varios regalos de acogida. Lo primero, lo más importante: un primer libro de Bitácora de la experiencia de lectura de la novela, con imágenes alusivas al impacto de esta entre los estudiantes, fotografías, ilustraciones inspiradas en la novela, comentarios, etc. El texto inicial anuncia: la novela Desaparición describe “una realidad que es propia en la cotidianidad de los estudiantes"; “los ha sensibilizado y concientizado en aspectos particulares de su realidad y contexto”, una “patria desangrada”; “los chicos se han apropiado de una parte de la memoria, historia que sentían ajena”. De esta Bitácora selecciono estas dos imágenes que me han impactado pues recogen el espíritu de la experiencia de la lectura.

FullSizeRender (3).jpg
FullSizeRender (4).jpg

 

El segundo libro, el más inquietante, lo constituyen una serie de cartas escritas por los estudiantes dirigidas a mí, el escritor adoptado, donde me expresan sus sensaciones, ideas, juicios, opiniones respecto del libro Desaparición y de mi labor como escritor.  

Me encantaría transcribir apartes de todas estas cartas, pero eso sería imposible. Son muchas. Así pues, escojo solo algunos apartados para dar una imagen de su trascendencia:

Desaparición es “un relato de experiencias que pasan en la vida real muy a menudo” (Luisa Fernanda Marín).

En la novela, “las autoridades nunca dieron respuesta a las preguntas de la protagonista” (Andrés Echavarría).

“Me siento identificada con el desamor que siente el narrador” (Valentina Pulgarín Restrepo).

Desaparición “nos ayuda a analizar… cómo eran los viejos tiempos y cómo es ahora. Cuál de estos tiempos es mejor, peor o igual” (María Camila Montoya).

“…el trabajo de la prostitución no se hace por placer sino porque en realidad se quiere sacar la familia adelante” (Dahiana Alexandra Múnera).

“En mi país debería haber justicia y leyes que en verdad ayuden, que la impunidad no reine siempre” (Guelyn Tatiana Mórtigo).

“Cada escena está diseñada perfectamente para mí” (Eliana Hernández Bohórquez).

Este libro “habla de cosas que a los jóvenes les ha ocurrido” (Estefanía Galvis Sarrias).

“Su libro refleja de manera realista lo que pasa actualmente en nuestra ciudad” (Luisa Fernanda García Arango).

“…no es un libro que tranquilamente podamos leer a esta edad” (Natalia Pareja Isaza).

“Soy de un pueblo en el cual este tipo de situaciones violentas es el pan de cada día. … solo aquellos que hemos sido vulnerados por los grupos violentos y al margen de la ley podemos dar fe de este tipo de situaciones” (Luisa Giraldo Zapata).

Desaparición “nos hace darnos cuenta de la importancia de hacer el duelo de las personas que desaparecen y que no las volvemos a ver nunca” (Juan Pablo Posada).

“… con un lenguaje tan … ¡tan colombiano!” (Mateo Rodríguez).

“… historias que se viven todos los días en Colombia” (Oismar Alejandra Maldonado).

“Su libro muestra la realidad y la angustia de muchas familias colombianas a las que les han quitado un ser querido” (María Isabel Tejada).

“Yo nunca había leído una escena de sexo tan detallada y carnal como la de La Chiqui y los dos tipos esos. Mientras leía ese tramo del libro me sentía impactado” (Juan Manuel Restrepo Arias).

“Mi parte favorita del libro fue cuando La Chiqui y la protagonista se van para Medellín y se alocan” (Sebastián Montaño).

“… todavía no entiendo quién era el narrador en la historia, si era hombre o mujer…” (José Manuel Aguilar).

“… me gusta el hecho de que… empiezas a construir tu perspectiva del desenlace, pero a medida que avanzas tu teoría se destruye” (Daniel Arenas).

“… algo que me llama la atención es la manera de narrar. Cómo comienzas a contar la historia con el final, luego el inicio, después vas al nudo, vuelves al final, al inicio y así sucesivamente… y de esta manera nos vas contando los hechos de la historia en un desorden muy bien ordenado … porque igualmente la historia se entiende muy bien de principio a fin” (Juan Esteban Cardona Acevedo).

“Me parece excelente esta novela por mencionar cosas que otras novelas no se atreven a mencionar por miedo a ser criticados” (Carlos Andrés Gómez García).

“… el modo de narrar la historia es el habla cotidiana… el lenguaje es … agresivo y soez, pero contrasta con el mismo sentido de la historia” (Jorge Daniel Gómez Puerta).

“… me parece que cualquier persona que haya sentido o visto tanto dolor, tanta tragedia y tanto conflicto, no solo es merecedor de lectura sino también de comprensión” (¿?).

“¿Él/ella era gay o lesbiana?” (¿?).

“Gracias por enseñarme que en cualquier lugar hay poesía” (Dayana Pérez Palacio).

“Siempre bienvenido a nuestra torre de marfil donde han nacido millones de utopías” (Yuly Serena Ramírez).

“Me encanta que usted integre tanto la memoria colectiva como la memoria individual en su obra” (Stiven Bedoya Zapata).

“…hay una libertad de género sexual…” (José David Gómez Rodas).

“Me gusta que hable sin pudor de cualquier tema. Dices las cosas como son y no de manera comercial” (Samuel Garcés Posada).

“…trató sin escrúpulos el tema del sexo” (Daniela Caro Martínez).

V.

Les agradezco inmensamente a los alumnos de la Institución Educativa José María Bravo Márquez su interés por mí y por mi obra Desaparición. Su adopción significa para mí una esperanza en la educación como el motor más eficiente para lograr un cambio social.

Solo personas conscientes de sí y de su historia pueden construir una nueva sociedad más cercana a la justicia y a la felicidad.

 

La naturaleza de la democracia y las elecciones

El gran abanico de fuerzas políticas debería incluir en vez de excluir, respetar en vez de eliminar. Esta es la base de la democracia. Si no, para qué escogemos a cada rato en elecciones costosísimas este modelo social. El supuesto de un proceso judicial es la base para la aplicación de justicia y es el juez el supremo garante de los derechos individuales. En las próximas elecciones podría verse entonces ese respeto a las tan mentadas instituciones sociales que siempre se han defendido en las circunstancias más críticas del país de modo simplemente retórico.

La proscripción del comunismo en Colombia data de principios del siglo XIX cuando apenas despuntaba como fuerza política. Hubo varias mariacanos en Medellín que quisieron continuar la labor de la Flor del trabajo, como se llamaba a la líder socialista María Cano, pero fueron furiosamente perseguidas. En los años treinta, el poeta Luis Vidales, que en su momento colaboró con El Espectador, fue de los únicos que osó adscribirse abiertamente al Partido y por esa razón resultó exiliado en Chile, perseguido por Turbay Ayala y más tarde desagraviado en Pereira. Hoy la palabra comunismo está proscrita de nuestro lenguaje y solo se dice izquierda a todo un abanico de opciones políticas que van desde la filiación legítima al Polo Democrático o Marcha Patriótica hasta el contubernio con las FARC. Este eufemismo resulta ubicuo si se piensa en las radicales diferencias a la hora de proponer cambios sociales en un país marcado históricamente por el predominio ideológico y material de la derecha y la extrema derecha (límites entre los que se pueden ubicar los partidos políticos tradicionales). La búsqueda de la justicia social, la pretensión de una reforma agraria o de una educación pública y gratuita y la propuesta de crear al Hombre nuevo resultan ideales exóticos en un país marcado por la intolerancia. En países como Francia o España ser comunista, así, abiertamente, es solo la elección ideológica de cantidad de personas, incluidos burgueses (algunos hablan de Gauche caviar o izquierda rolex) o jóvenes inconformes (hay una Federación de Estudiantes Universitarios en España de carácter comunista) que buscan reformas públicas de estos talantes. Aceptar o rechazar la izquierda no significa morir en una calle cualquiera, y en conferencias en Barcelona o Madrid se habla sin miedo de la tradición anarquista de la Primera República española (1873-1874). Los indignados agregan hoy que el capitalismo posindustrial ha fracasado y que debe volverse al camino del socialismo romántico, como advirtió hace poco uno de los columnistas de El Espectador, un profesor de la Universidad Complutense de Madrid, de la manera más utópica posible. Su opinión hace parte de una cultura que no le teme a los fantasmas de la Dictadura y que está en la búsqueda de necesarias transformaciones sociales. En América Latina, por el contrario, la cuestión ha sido conflictiva y efectivamente cosa de vida o muerte; aunque ahí están países llamados de izquierda que no han sucumbido en el intento. Países donde no existen masacres, desapariciones forzadas o paramilitares con ansias de poder; o por lo menos no en la medida en que nacen se reproducen y mueren en la Colombia conservadora. La nacionalización de los hidrocarburos, la prohibición de la aspersión de cultivos “ilícitos” o la legalización de la marihuana se pueden entender dentro de una dinámica de lo más liberal: el mercado mundial. En este campo, la izquierda ha llegado a ser solo otra opción política que se amolda a los vaivenes de la economía moderna; con la conciencia de la protección al medio ambiente o los derechos humanos, que se han erigido como temas útiles para el desarrollo económico. Duele entonces que a los miles de muertos de la Unión Patriótica se sumen hoy veintiocho líderes de Marcha Patriótica. Incluso que se hable de “bajas” cuando se sabe de la muerte de guerrilleros. Sorprende que líderes militares se expresen contra el Comunismo o la izquierda como en los peores años de la Violencia. Y sorprende aún más que en una sociedad creyente como la colombiana, cualquiera sea su opción religiosa, se hable de estas bajas para aludir a la muerte de seres humanos, cualquiera sea su condición o ideología. El gran abanico de fuerzas políticas debería incluir en vez de excluir, respetar en vez de eliminar. Esta es la base de la democracia. Si no, para qué escogemos a cada rato en elecciones costosísimas este modelo social. El supuesto de un proceso judicial es la base para la aplicación de justicia y es el juez el supremo garante de los derechos individuales. Igualdad, Fraternidad, Libertad fueron los lemas de las ideologías modernas, desde el conservadurismo hasta el liberalismo o el comunismo que encontraron su espacio en todos los países modernos. Todas se encauzaron en la ley como método de convivencia. El mismo tronco las arropó a todas y su desarrollo solo obedeció a las leyes elementales de la evolución social. En las próximas elecciones podría verse entonces ese respeto a las tan mentadas instituciones sociales que siempre se han defendido en las circunstancias más críticas del país de modo simplemente retórico. Hagamos que estas no sean solo parte de la verborrea política que debemos escuchar cada año y sobre los mismos intereses. Si hemos de votar, que sea sobre la base del pluralismo que exige cualquier democracia por incipiente y relativa que esta sea.

Prof. Dr. Gustavo Forero Quintero 

 

Bogotá: Villa de ratas

La Justicia colombiana parece impermeable a cualquier reforma: quienes deberían cambiar estas instituciones requieren su propia transformación sustancial: de ratas del río a seres humanos en una sociedad legal.

Soy profesor, investigador y escritor de novela de crímenes, pero a menudo constato que transcribir la realidad colombiana en una narración produciría un relato inverosímil en esta clase de literatura y lo aproximaría a la novela fantástica o a la tragedia. Baste mencionar el caso del proceso seguido contra el ex magistrado del Consejo Superior de la Judicatura Henry Villarraga, quien se vio obligado a renunciar a su cargo en noviembre de 2013 por ofrecer sus favores administrativos (acaso eufemismo del delito de Cohecho que está tan de moda en estos días por la condena al ex ministro Sabas Pretelt) al coronel (r) Robinson González del Río, condenado en 2014 por nexos con bandas criminales y preso además por presuntas irregularidades en contratación y, sobre todo, “falsos positivos” ocurridos en Neira, Caldas en 2007. Ahora en abril, casi un año después de los hechos, cuatro magistrados del mismo órgano de la Judicatura, Angelino Lizcano Rivera, Pedro Alonso Sanabria, Julia Emma Garzón y Ovidio Claros, acaban de ser citados por Nicolás Guerrero, representante investigador de la cuestionada Comisión de Investigación y Acusaciones de la Cámara de Representantes, a versión libre, con el fin de proceder a dictar al fin una decisión.

La versión del magistrado liberal Henry Villarraga respecto de sus nexos con el coronel Robinson González del Río (hijo del general retirado del ejército Rito Alejo del Rio, también detenido por sus vínculos con los paramilitares), supera cualquier novela de crímenes y deja numerosos cabos sueltos que quien se interese por el asunto debe completar con su fantasía: postulado por el entonces presidente Álvaro Uribe, Villarraga fue nombrado por el honorable Congreso de Colombia como Magistrado del honorable Consejo Superior de la Judicatura. Obtuvo el grado de Teniente de las fuerzas armadas y en su despacho contaba con el apoyo de otro teniente, José Elkin Herrera (que dada su eficiencia él “robó” —es decir, sonsacó— a las mismas fuerzas armadas para su despacho, según informó el propio Villarraga a los medios de comunicación), como magistrado auxiliar para “mejorar” su desempeño. Estos honorables magistrados dirimían los casos de conflicto de competencias entre la justicia civil y la penal militar, aunque, según las palabras de Villarraga, solo consolidaban la postura “jurisprudencial” (avalada por más de “100 [providencias] anteriores”) de enviar las causas en contra de militares por ejecuciones extraoficiales a la justicia Penal Militar. Con tal propósito, y gracias a la intermediación del hermano del coronel (de nuevo la familia del Río en la historia), Winston González del Río, Jefe de Medios del representante Simón Gaviria, Villarraga se citó con Robinson González del Río en su despacho y en la cárcel de la guarnición militar de Puerto Aranda (esta diligencia borrada del sistema gracias a la pericia del mismo coronel). Este astuto coronel González del Río le ofreció la suma de 400 millones de pesos a Villarraga por asegurar el traslado de su causa al campo de la justicia militar, solicitud que en términos del mismo magistrado no constituiría del todo un delito (excepto por lo del dinero), pues solo implicaba actuar conforme a la honorable jurisprudencia señalada. El caso tuvo tantos efectos que por él incluso resultó salpicado el general (r) Leonardo Barrera, que tuvo que abandonar su cargo al ser vinculado con el proceso por sus declaraciones en una conversación con el inefable González del Río.

Pero la historia, surgida a partir de conversaciones grabadas entre los implicados, no termina allí: tiene algunas ruedas sueltas (que podrían ser —por qué no— su causa eficiente) e ilustran la tragedia: el hijo del magistrado Villarraga, Fernando Villarraga –—hoy de 27 años—, quien aún no ha podido graduarse de abogado (supongo que en una de nuestras excelentes facultades de derecho donde enseñan sobre todo ética), también quiso entrevistarse en la cárcel con el coronel González del Río, pues “necesitaba comentarle una cosita” atinente, según se ha dicho, a su tarjeta militar. Para algunos más suspicaces, posiblemente, la cosita fuera otra mucho más importante, una verdadera cosota. Hace años, el muchacho, Fernando, había heredado no se sabe de quién una empresa que, junto con Carlos Uriel Sánchez, posteriormente Registrador del Estado Civil, apoyaba el proceso electoral de 2012, que tuvo que cerrarse por algunos sonados escándalos en que tuvieron parte las propias fuerzas armadas. A esto se suma, siguiendo con los suspicaces, lo de una licencia otorgada al honorable magistrado Henry Villarraga (otra posible causa), que tuvo como consecuencia inmediata el nombramiento de su reemplazo, Álvaro Rojas, “palomita” que le aseguró a este último una pensión millonaria a cambio de una precaria jubilación como simple juez de la república.

¿La investigación en la Comisión de “Absoluciones” de la Cámara de Representantes de este magistrado por estos asuntos puede hacer parte de lo que llamo la anomia, es decir, la ausencia de sanción como parte de la regla general de nuestro sistema judicial? No se sabe.

Como los columnistas Felipe Zuleta y Aura Lucía Mera advirtieron a propósito de este y otros casos de corrupción administrativa, Bogotá puede asimilarse a un nido de ratas y no solo por ser la sede del Congreso. También por acoger en su sucio seno a algunos magistrados del Consejo Superior de la Judicatura, de la Justicia Penal Militar y, en buena parte (como lo demuestran Jorge Ignacio Pretelt, ex presidente de la Corte Constitucional, que al parecer hizo algo semejante a Villarraga, y es investigado por la misma Comisión de Acusación, y compañía) de la Justicia colombiana, que parece impermeable a cualquier reforma: en efecto, quienes deberían cambiar estas instituciones requieren su propia transformación sustancial y esto resulta muy difícil: de ratas del río a seres humanos en una sociedad legal.

Prof. Dr. Gustavo Forero Quintero

En El Día De Los Muertos, Mi Homenaje A Alfonso Reyes Echandía

La exclusión de los civiles, propia de nuestra singular democracia, determinó la culminación trágica de la toma guerrillera ocurrida en 1985 del Palacio de Justicia de Colombia. Si el M19 había iniciado la lucha, el Estado colombiano fue el responsable de la resolución trágica puesto que su objetivo de salvaguardar la vida de todos los colombianos hasta donde le fuera posible no se cumplió. Frente a esta dinámica, que se tornó en regla general, yo reitero con mi maestro Alfonso Reyes Echandía ¡Que cese el fuego!

I.

Me sumo con esta reseña al homenaje a Alfonso Reyes Echandía que le han hecho Alberto Donadio y Alfonso Reyes Alvarado y Yesid Reyes Alvarado, sus hijos, en el libro Que cese el fuego. Homenaje a Alfonso Reyes Echandía (Medellín: Sílaba, 2010). Este libro parte de la base de las últimas palabras del magistrado expresadas en medio de la hecatombe del Palacio de Justicia de Colombia en 1985, cuando el Ejército reaccionaba a punta de bala frente a la toma del grupo guerrillero M 19: “necesitamos dramática y urgentemente que cese el fuego por parte de las autoridades, estamos rodeados del M-19 en varios pisos, en el cuarto piso” (15). Desde la perspectiva de Donadio, la historia ha demostrado la trascendencia de estas palabras y, sobre todo, su relación con el curso que siguieron los acontecimientos por no escucharlas: el centenar de muertos y la decena de desaparecidos, así como la cantidad de muertes, masacres y desapariciones que surgieron como denominador común de la historia colombiana de ahí en adelante. Reyes Echandía “Pidió el cese al fuego para el momento, y lo pidió como necesidad imperiosa de todos los tiempos, como norma vital para cualquier sociedad civilizada” (43), afirma Donadio. El clamor no tuvo ninguna acogida. Además de que el presidente Belisario Betancur no respondió la llamada telefónica que en dichas circunstancias le hizo el insigne magistrado, según Alfonso Reyes Alvarado y Yesid Reyes Alvarado el propio rector de la Universidad Externado, Fernando Hinestroza Daza, “dio su aquiescencia al Presidente de la República para que ordenara las operaciones militares que terminaron con la muerte de más de un centenar de rehenes en el interior del Palacio de Justicia” (91). Al final, este sería, como muchos en Colombia, un crimen impune. Con base en la ponencia del inefable Horacio Serpa, “un experto en defender y absolver presidentes sin distinción de credo ni filiación partidista” (69), la Comisión de acusaciones del Congreso declaró la inocencia de Belisario Betancur. “No hay evidencias de que el presidente o los ministros hubieran intervenido materialmente en ningún acto violatorio de la ley penal. … Ellos no dispararon armas ni comandaron operativos, pues de eso estuvieron a cargo un general de la Policía y uno del Ejército” (68), reseña Donadio. Hoy, Alfonso Plazas y Jesús Armando Arias Cabrales, generales retirados del Ejército, han sido condenados, pero resta mucho para entender que hubo justicia. Al final, “La bala nueve milímetros hallada en el cuerpo de Reyes Echandía no correspondía a ninguna de las armas utilizadas por el M-19 para el asalto” (35) y su escalofriante necropsia incluida al final del libro demuestra lo evidente: miseria moral la de autoridades que cegan la vida de un hombre como Alfonso Reyes Echandía, y miseria moral la de un sistema que deja en impunidad a todos los responsables de este crimen.

II

Luego de mi novela Desaparición (Bogotá: Ediciones B, 2012), que a su manera cumple con tal objetivo, quiero sumarme a este homenaje al profesor Alfonso Reyes con esta breve reseña de mi contacto con él.

Durante el año de 1985, fui discípulo de Alfonso Reyes Echandía en la cátedra de Derecho Penal en la Universidad Externado de Colombia. Para la época, yo tenía 17 años y cierta vocación de abogado. Quería formarme como tal, pero, a decir verdad, vacilaba en medio de una realidad terrible que me empujaba a otros intereses. Conocí entonces a Reyes Echandía como profesor y no como abogado o magistrado, lo que resulta fundamental para mi condición actual de profesor universitario. Aunque ya algo en mí me hacía sospechar del Derecho, con sus clases el profesor Reyes me dio cierta fe en el camino de la enseñanza. Su visión del hecho punible me parecía metódica y sencilla y se confundía en su simpleza con una ilusión de orden en medio del caos. Él empezaba su clase puntual, a las 7 de la mañana, y por espacio de dos horas definía conceptos como tipicidad, antijuridicidad, imputabilidad y culpabilidad, que ahora me parecen unas elementales normas de convivencia social. Con su voz de hombre sencillo, hablaba sobre todo de punibilidad en medio de una especie de ajedrez entre la razón y el crimen. Con el tiempo, y como fruto de mis investigaciones, este sería el campo que más me interesaría y, desde el punto de vista de profesor y escritor, el punto que permitiría desarrollar mis estudios académicos y mis textos literarios en torno al concepto de anomia social como base evidente de nuestro sistema. Hablo de una más o menos generalizada carencia o degradación de normas sociales, es decir, de una situación en virtud de la cual la relación primordial de causa efecto que debe existir entre un delito y la sanción cada vez más se pone en duda.

Para entonces, quienes madrugábamos —muy pocos, hay que decirlo— escuchábamos al profesor Reyes Echandía exponer sus ideas sobre la sanción con la serenidad y precisión de quien tiene fe. La mayor o menor confianza en la ley puede definir todo un sistema. Sin embargo, en la realidad la ausencia de sanción en una democracia hace del Derecho un espejismo. Por eso, mientras Reyes Echandía hablaba del hecho punible, Donadio habla de crimen de lesa humanidad. La impunidad genera más violencia y los acontecimientos del Palacio de Justicia habrían de demostrárnoslo. Llegar a crimen de lesa humanidad implica ausencia de sanción para un hecho punible de índole nacional. De la impunidad particular se llega a una de tal entidad que implica la responsabilidad del género humano mismo.

 

III

Justamente el 6 de noviembre de 1985 en que empezaron los acontecimientos de la Plaza de Bolívar, yo tenía examen final de la materia del profesor Reyes Echandía, Derecho penal.  Los estudiantes esperábamos su llegada y, poco a poco, como consecuencia de lo que oíamos que sucedía abajo, en la Plaza, una gran zozobra se apoderaba de nosotros. Sentimos entonces la Colombia real que no se parecía a la ley. Nadie nos daba razón del examen, pero hasta la Universidad llegaban los ecos de las detonaciones ocurridas en el centro de la ciudad por la toma del Palacio. Nunca antes ni después había visto yo la terrible tensión entre academia y violencia que persiste en Colombia. Nosotros, los estudiantes de Derecho, no sabíamos a ciencia cierta si esperar la prueba o asumir alguna actitud política frente al conflicto: bajar al centro de la ciudad a ver qué pasaba, por ejemplo, o intervenir activamente en los hechos. Oponernos al uso de las armas para resolver los conflictos.

Yo bajé a la Plaza de Bolívar, más o menos al mediodía, y ya estaba cercada con las cintas de seguridad de las autoridades a las que se había referido el profesor Reyes Echandía. La pauta militar ya lo definía todo, pues el cruce del fuego dominaba el lugar y lo hacía la imagen misma del caos. A la altura de la calle 12 con octava, vi a la periodista Gloria Gómez que, armada de su micrófono y seguida de un camarógrafo, pretendía entrar y hacer el reporte de lo sucedido, pero pronto la perdí de vista. Los medios de comunicación ya hacían su trabajo, pensé, y eso era una esperanza. No sé si ella lo logró. Desconozco su reportaje. Un partido de futbol sería más importante que la transmisión de la hecatombe por orden misma de la Ministra de Comunicaciones de la época, Noemí Sanín. Más abajo, en el marco de la plaza la gente se agolpaba para ver lo que podía, acaso por la sensación de que si no lo hacía jamás sabría lo que realmente sucedió. Contenido por las cintas de seguridad, cada uno de esos ciudadanos quería aproximarse al lugar de los hechos y tener su propia versión de lo que ocurría. Como los demás, yo intentaba acercarme, y, como los demás, quería entender lo que pasaba a partir de mi propia mirada. Acaso cumplir de este modo alguna función. Los rumores advertían de una toma de la guerrilla, pero poco se sabía en semejante confusión. Las detonaciones asustaban a todos y nos dispersaban; la inquietante calma de un instante nos atraía de nuevo, y tampoco entonces sabíamos qué hacer. Fueron las autoridades las que definieron los hechos, las mismas autoridades a quienes se refirió Reyes. Ellas iniciaron el “despeje” y con ello la preparación de todo para la decisión final. La exclusión de los civiles, propia de nuestra singular democracia, determinó la culminación de los sucesos. Si el M19 había iniciado la lucha, el Estado colombiano fue el responsable de la resolución trágica puesto que su objetivo de salvaguardar la vida de todos los colombianos hasta donde le fuera posible no se cumplió. Frente a esta dinámica, que se tornó en regla general, yo reitero con mi maestro Alfonso Reyes Echandía ¡Que cese el fuego!

 @GustavoForeroQ / gustavo.forero@udea.edu.co

© Todos los derechos reservados.