La Comuna de Bogotá de 1893

La Comuna de París de 1871 fue el primer movimiento anarquista en Occidente. Resulta interesante plantearse la posibilidad de que el motín popular de 1893 en Bogotá pueda ser considerado como una primera manifestación de anarquismo en Colombia.

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Durante los días domingo 15 y lunes 16 de enero de 1893, Bogotá vivió un motín popular llamado por algunos La Comuna del 93. De modo semejante a la Comuna de 1871 en París, durante esos dos días la ciudad estuvo en manos del pueblo. No obstante, en tan poco tiempo no hubo espacio para la acción de sus líderes, ni conatos de organización, ni dominio de las armas como ocurrió en París veintidós años antes. Tampoco hubo apoyo de una policía o un ejército que tomaran conciencia de su propia explotación y apoyaran las reivindicaciones populares. Solo una multitud hambrienta se rebeló como pudo al poder de la oligarquía, lo que puede ser entendido como un germen del anarquismo en Colombia.

Al respecto, José Leocadio Camacho, carpintero, periodista y concejal, dijo más tarde en carta al Presidente de la República, Rafael Núñez, que una razón de los motines fueron los cobros del Municipio por el alquiler de los puestos en la plaza de mercado. Para él, la causa fundamental de lo ocurrido fue la extrema situación de pobreza que padecían las personas más humildes de la sociedad:

“No se levantan cuatro o cinco mil hombres con sus niños y sus mujeres sin previo acuerdo, solo por una publicación que no todos habían leído. Es preciso que haya otros motivos que hayan ido aglomerándose lentamente como se aglomera el combustible antes de ponerle fuego […] La plaza de mercado, por ejemplo, ha dado más enemigos a la Regeneración que todas la teorías radicales. Puede decirse que la plaza es el brazo del Distrito, pero también es la artería en que pueden contarse las pulsaciones de la miseria en las clases inferiores”.

En efecto, las injurias de la columna “Mendicidad” en el periódico Colombia Cristiana, del distinguido portavoz del clero Ignacio Gutiérrez Isaza, tachando a los artesanos de mendigos, fueron solo la punta del iceberg para describir la fundamental lucha de clases que desde hacía tiempo definía la situación del país y palpitaba para estallar. “La honradez les es desconocida; son embusteros, incumplidos de los contratos, cínicos en sus raterías; para ellos no existe el séptimo mandamiento, que han borrado del decálogo”, escribió Gutiérrez precisando la condición de un nosotros que, según él, no robaba, y un ellos que lo hacía sistemáticamente en detrimento del orden social. Estas palabras avivaron la cólera no solo de los artesanos sino de todo un pueblo miserable que no dudó en emprender el ataque con el efectivo combustible de la consciencia de clase. El alto costo de la vida, la inflación que produjo una moneda de papel depreciada e importaciones perjudiciales para una magra industria nacional mantenían en la miseria a los artesanos y, en general, a un tercer Estado que vivía en circunstancias infrahumanas.

El domingo, día de mercado, a las 4 de la tarde, la gente se movilizó y atacó a pedradas la casa de Gutiérrez. A esto siguieron los ataques a la vivienda del Ministro del Gobierno, Antonio B. Cuervo (hermano de Rufino José Cuervo), y a la del alcalde, Higinio Cualla, hombre de confianza del presidente e indolente frente a las necesidades del pueblo. De ahí en adelante, ese pueblo avanzó por la Calle de la Ropa, en los alrededores del templo de La Concepción, donde se terminaba de construir el Pasaje Rivas, para atacar lo que representara a la autoridad. A la orden de cornetas y ¡A la carga!, por los lados del Externado, un agente hizo un tiro al caballo de la cabeza del motín que, según se dice era Ramón Soto. En la plazuela Camilo Torres: “Algunos muertos y muchos heridos resultaron en tan doloroso trance”. En el camellón de La Alameda los amotinados pusieron un aparato de carros como barricada desde donde atacaban con piedras en hondas y muchos con Rémington (fusil de esos tiempos) a los agentes de Policía. Además, cerca del parque de Santander, los manifestantes se apoderaron del edificio de la Comisaría. El ‘asalto final’ al local de la Dirección Nacional de Policía se mantuvo a lo largo de la tarde, hasta que el recién posesionado director, el francés Marcelino Gilibert, ordenó disparar y en el encuentro “quedaron muertos una serie de infelices”.

La muerte de uno de los sublevados, Isaac Castillo, por un disparo con el rémington de un agente del “orden”, y dos heridos de los revoltosos exacerbaron entonces los ánimos. La multitud subió por la plazuela de San Victorino con el cadáver de Castillo y la protesta popular se desplazó a otros sectores de la ciudad. Así, al llegar el jefe de Policía, Wenceslao Jiménez, a la Plaza de Bolívar, declara, de una manera bastante confusa, su percepción de los hechos:

“me encontré con el motín que venía desde Santa Bárbara, bajando por la calle de San Carlos, con banderas negras y coloradas, y armados de garrotes, peinillas, cuchillos, piedras… lanzando más o menos estos gritos: “abajo el gobierno”, “abajo la policía”, “viva el partido radical”, “viva el pueblo” (vivan los asesinos)… intercambio a lápiz…, “vivan los artesanos”…” serían ya como las 5 p.m., parte de los amotinados se encaminó al local de la dirección…y parte en dirección a san Diego, en el mayor desorden (tachadas en varias partes las alusiones a esto) con el propósito, según se veía, de aniquilar todo elemento relacionado con la policía (cosa acordada hace meses en juntas secretas contrarias al gobierno… …añadido a ataque era ya tan vigoroso y persistente que el señor director tuvo que ordenarnos diéramos (tachado por hiciéramos) fuego con las pocas armas de que podíamos disponer (muchas, para ciertos órganos de la prensa que censuraban.. –añadido–). Así se verificó desde los balcones de la dirección a la multitud… sedienta de nuestra sangre… en ese encuentro quedaron muertos una serie de infelices…los principales responsables (que hacía alarde de su abominable influencia. –añadido–), huían… el fuego empezó a hacerlos disolver…y poco a poco fueron… a continuar su ralea criminal en otros varios puntos de la ciudad…” lápiz) y llevar su estandarte anarquista y disociados por los ámbitos de la culta y cristiana capital…”, “las partidas eran numerosísimas “y era imposible, como pretendían algunos atender todas ellas por grande que fuera la fuerza existente en la ciudad)… añadido…, y por todas las calles recorrían considerables grupos gritando vivas a “la comuna”, al “noventa y tres”, etc.…” muchos muertos y heridos resultaron en tan dolorosos trances…”.

Tal descripción resulta difícil de seguir, pero no es la única. Por su parte, el comisario Becerra, destacado en la 2.ª División, que cubrió varios de los frentes de combate afirma:

“A las 8 y 15 p. m. se oyeron nuevamente pitadas con la señal de generala… e inmediatamente el comisario marchó al lugar… con 18 agentes armados de Remington y 15 de sables y al llegar allí encontró a los amotinados de 400 a 500 hombres y dando gritos de mueras al Señor Gutiérrez y de vítores al pueblo, con mueras y abajos al Gobierno y vivas al partido radical”.

El parte policivo establece que Ángel Gutiérrez, jefe de la División de Seguridad,

“regresó en compañía del señor Ministro de Gobierno y Guerra (el general Cuervo) a la Dirección General de la Policía con el objeto de traer cápsulas… pues la mayor parte de los agentes no tenían ni peinilla, ni rifle defendiéndose…con piedras… Estando listo para volver al teatro de los acontecimientos con un pañuelazo de cápsulas ocurrió el motín en el frente de la Dirección por lo que tuve que permanecer allí”.

Por su parte, el comisario jefe de la División de Seguridad, Moisés Rocha, narra la defensa del local de la Comisaría Quinta, situada en la calle cuarta:

“Hacía el servicio de vigilancia en el circuito de la tercera subdivisión, la cual fue derrotada en su camino por los molineros antes de llegar a la estación, pudiendo penetrar a esta el dicho comisario… y los agentes nn y ff. Todos permanecieron allí cuando al principio el ataque; terminado este no aparecieron sino el señor… y los agentes nn, ff, tt y yo. Los demás habían escapado por sobre unas paredes. Con el rifle único que tenía el centinela…(tachado el nombre) se dispararon 16 tiros, habiendo muerto dos y quedando dos heridos…(resistiendo hasta que los rescató una escolta del batallón quinto de Vargas…) la cual nos ofreció inmediatamente sus servicios para que saliéramos con ella, a lo que no accedí por motivos que no debo exponer… […] adviértase en este punto que aunque no di orden de hacer fuego, el dicho agente Márquez procedió…(raspado)…con gran…(raspado)…”.

No obstante la intensidad de los hechos, de las 10.30 a las 11 de la noche del domingo 15 de enero de 1893, las calles quedaron solas.

El lunes 16 de enero, el mismo Wenceslao Jiménez C. señala:

“Día 16; en las primeras horas del día que (las nubes de) –los paréntesis señalan lo que aparece tachado con lápiz– intranquilidad y desórdenes formados la víspera por una corriente de pasiones desenfrenadas habían desaparecido (despejando el horizonte), que la calma se había recuperado… que no había ya por que ocurrir a las medidas y providencias de fuerza… Pero por desgracia del germen maléfico crecían con vigor en el ánimo de todos los amotinados del día anterior y un gran número de individuos, dándose el honroso título de artesanos, pero poseídos de malas pasiones, con el poderoso impulso de unos cuantos seres de mala índole, enemigos de todo derecho, sediciosos por costumbre, a promover de nuevo el motín para preparar los cimientos de una completa desorganización social…. “

Esta “balada”, concluye el Cuaderno histórico de la Policía en que pueden consultarse las anteriores versiones, “podría titularse, para Gilibert, ‘Con el agua al cuello’; para los artesanos, ‘El cuello en la soga’ y para la ciudad; ‘Por el cuello, no’”. La situación resulta tan clara para el establecimiento policial que concluye:

“Pero de todos los descabezados, el único que pudo salir a flote fue nuestro Monsieur L´Inspector, para furia de los que gozaban viéndolo chapotear en las espesas chucuas bogotanas. Fue él el primero en analizar con cabeza fría la situación, reconociendo que, entre otras, fue la escasez de personal la causa de que “las divisiones se vieran obligadas a abandonar la comisarías y trasladarse los agentes a diversos puntos, por lo cual los amotinados entraron a las oficinas y destruyeron cuanto encontraron en ellas”.

Para el representante del gobierno de Francia, lo mismo que para agentes de la policía lo sucedido en enero de 1893 fue un “movimiento anarquista” organizado por la sociedad de artesanos que profesaban “las doctrinas más subversivas y más revolucionarias” y predicaban “la propaganda por la acción”. Acaso pueda ser así. 500 personas el primer día y 5000 el segundo ondearon banderas rojas y negras y gritaban consignas como ¡Ravachol! ¡Vivan los artesanos! ¡A la Comuna! y ¡El 93! Asimismo, proferían mueras al gobierno, a la policía y a la iglesia. Todo eso hacia parte del ambiente anarquista que se había apoderado de las sociedades desde España hasta Uruguay, pasando por México y Argentina. Un espíritu que fue duramente perseguido por quienes detentaban el poder y se negaban a transformar las instituciones. El motín de 1893 podría ser considerado entonces como el germen de un anarquismo en Colombia.

A las 8 de la noche del 16 de enero, el Consejo de Ministros presidido por el de Gobierno y Guerra, general Antonio B. Cuervo, y Edmundo Cervantes, subsecretario de Guerra, declaró en Estado de sitio a la capital de la República. Los cabecillas del motín (de los cuales ni siquiera se saben sus nombres completos) fueron conminados a San Andrés y Bocas del Toro (en Panamá). El decreto conocido como censura previa obstaculizó las publicaciones que informaran los sucesos. En total hubo unos treinta muertos, algunos hablan de más de cincuenta, entre policías y civiles, y cerca de medio centenar de detenidos.

El levantamiento popular de 1893 demostró, no obstante su fracaso, que un Tercer Estado puede rebelarse cuando quiera; que la autoridad puede revocarse y las instituciones transformarse.

 Trabajos consultados:

Aguilera Peña, Mario. “La policía enfrenta su primera prueba: el motín bogotano de 1893”. Academia colombiana de historia policial. Cuaderno histórico número 18 - enero 2012, 42- 54. https://policia.gov.co/sites/default/files/publicaciones-institucionales/cuaderno-historico-edicion-18.pdf

Aguilera Peña, Mario y Renán Vega. Ideal democrático y revuelta popular. Bogotá: Ismac, 1991.

Alas de Xue. Biófilo Panclasta, el eterno prisionero. Bogotá: Proyecto Cultural, 1992.

Cabrera, Gabriel. “La cristiana Bogotá se llena de espanto”. El Tiempo. 16 de enero de 1992. https://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-13298

Iriarte, Alfredo. Breve historia de Bogotá. Bogotá: Oveja Negra, 1988.

 

 @GustavoForeroQ / gustavo.forero@udea.edu.co

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