Gustavo Petro: El dignatario de Colombia
Gustavo Petro Urrego ha sido el único dignatario de Colombia, es decir, ha ostentado a cabalidad la dignidad de presidente de la república. No solo por su nobleza personal y su condición popular, sino por sus ideas, su talante democrático y sus programas, es sin duda la excepción a la regla de los oscuros “dignatarios” de los últimos sesenta años: Turbay, Barco, Pastranas 1 y 2, El Innombrable o Duque, el mamarracho; los menos peores —Lleras Restrepo, López Michelsen, Belisario Betancur— o los que a pesar suyo adelantaron algunas reformas pero ante todo defendieron sus intereses —Gaviria, Samper y Santos.
Entre genocidios, falsos positivos, estatutos de seguridad, persecuciones, torturas, chuzadas, fraudes en elecciones y demás, los presidentes anteriores se caracterizaron por su mediocridad, en el mejor de los casos, su corrupción, su deshonestidad y la impericia en la administración del Estado. Ni qué decir en lo que se refiere a relaciones internacionales, que solo fue un rubro de expansión de los negocios de los ricos. Todos tienen en común su condición oligarca, ajena al pueblo; el desconocimiento de la Colombia real; su servicio en favor de los poderosos y, sobre todo, su egoísmo, condiciones mismas del estamento social que se ha mantenido en el poder desde la fundación de la república.
La acción política de Gustavo Petro inició en la Alcaldía de Bogotá, donde se granjeó la animadversión del establecimiento tradicional —sobre todo del oscuro procurador Ordóñez, llamado El Inquisidor—; siguió en el Congreso de la República, donde enarboló la bandera de la justicia contra paramilitares y narcotraficantes que, pese a todo, acabaron por permear el sistema; y se concretó en la máxima magistratura de Colombia, prueba de fuego no solo para su gestión sino para su vida.
Desde su posesión como presidente, Gustavo Petro intentó llegar a consensos nacionales con las distintas fuerzas políticas y ante todo con la oposición: el primer día de mandato se reunió con El Innombrable, quien no obstante la deferencia, desde entonces en adelante no dejó de atacarle por medios oficiales o subrepticios, reprochándole sobre todo su pasado como miembro de la guerrilla del M19.
La mentira de que Petro es todavía guerrillero, repetida una y otra vez por los tendenciosos medios de comunicación, influyó en todo su mandato, y aun en las elecciones de 2026 en que Iván Cepeda proponía continuar su proyecto. Ni siquiera la antigua desmovilización de los miembros del M19 en 1990 o el acuerdo de paz del presidente Juan Manuel Santos con las Fuerzas Armadas de Colombia en 2016 han calado en buena parte de la población que persiste en el viejo discurso de un “enemigo interno” que se debe atacar y eliminar. Años de satanización del comunismo y las guerrillas como males nacionales han impedido asimilar nuevas ideas políticas y enfrentar así, de un modo distinto, los problemas del Estado.
Por ello, como primer Presidente de Izquierda en toda la historia de Colombia, las amenazas contra su gobierno y su vida se reprodujeron. Durante todo su mandato, Petro fue víctima de toda clase ataques: desde las manidas “instituciones” públicas, los poderes cooptados por los grupos económicos, tres fiscalías administradas por la derecha más rancia, las cortes al servicio de los peores intereses, hasta de los medios de comunicación de las grandes corporaciones y numerosos líderes de opinión e “intelectuales” del país alineados con los dueños del poder.
Contrario al juicio de los mercenarios del Derecho que han dominado la discusión, afirmo que durante el gobierno de Gustavo Petro el control oficial y paraoficial y la presunta separación de poderes para limitar al presidente fue más radical y pugnaz que nunca. Las estrategias de desprestigio y desinformación —el famoso lawfare— incluyeron congresistas abyectos, ministros desleales, jueces y magistrados polarizados o jefes de departamentos y comisiones oficiales dominadas por sus intereses. Por eso, el presidente afirmó en distintas oportunidades que tenía el gobierno pero no el poder y ese poder establecido tiene en Colombia las más peculiares redes de apoyo.
Contra viento y marea, el dignatario resistió. A falta de instituciones a su servicio o medios favorables, se ingenió mecanismos de acción ligados a las redes sociales, la plaza pública, el voz a voz o un canal de WhatsApp que le llegara a la gente. Lo que emprendió fue una sutil estrategia de comunicación con los que más lo requerían: las multitudes subalternas, los pobres, los indígenas, los negros, los trabajadores, las minorías, los intelectuales y muchos más ciudadanos que desde hacía años esperábamos una oportunidad así para transformar las cosas.
De esos modos alternativos, la voz del dignatario se manifestó y se hizo nuestra voz y su dignidad se identificó con la dignidad de vastos sectores sociales que jamás la habíamos visto representada. Aunque no comulgáramos del todo con sus ideas de “modernizar el capitalismo” o emprender algunas “reformas” para solucionar los problemas, con el tiempo comprendimos que de lo que se trataba su gobierno era de dar, por primera vez en la historia, dignidad a la gente y a la nación, al pueblo más vulnerable, propósito revolucionario en Colombia.
En el campo internacional, el presidente Petro denunció el genocidio en Gaza cuando pocos lo hacían. Insistió en ello incluso cuando los precandidatos de la consulta del “centro” —excepto Oviedo y Aníbal Gaviria— lo negaron. Como nadie, predijo que lo que pasaba en el medio oriente era el preludio de lo que podía suceder en la humanidad si no deteníamos a Netanyahu, situación que en efecto vivimos y estamos viviendo.
En general, Petro denunció la intervención sionista en la geopolítica mundial y fue de los únicos mandatarios que rompió relaciones diplomáticas con Israel a fin de evitar tanto la consumación del genocidio en Palestina como la extension de su proyecto terrorista al mundo entero.
En particular, el presidente Petro puso en evidencia el poder israelí en la acción militar de todo el mundo. En tal sentido, hizo públicos los efectos del software "Pegasus" en detrimento de la soberanía de los estados y, en especial, la colombiana. La adquisición de este programa de vigilancia cibernética desarrollado por la firma israelí NSO Group en 2021 por 11 millones de dólares por la Dirección de Inteligencia de la Policía (DIPOL) y apoyado por recursos de Estados Unidos para “combatir el narcotráfico y perseguir a capos de la droga en Colombia y México”, fue audazmente desvelada po el Presidente fundando una práctica de transparencia que debería ser toda una política gubernamental: la defensa de la soberanía nacional frente a la intervención extranjera (lo que habría de verificarse de nuevo en las elecciones presidenciales de junio de 2026).
Por si eso fuera poco, desde el principio de su mandato el presidente Petro fue de los únicos dignatarios del mundo que se opuso a los designios expansionistas de Donald Trump. Sus manifestaciones antiimperialistas respecto de la política del dirigente estadounidense en el Medio Oriente, Europa y América Latina le valieron su fama mundial y, sin duda, la persecución y estigmatización del United States Department of Homeland Security. Otra muestra de dignidad en una época de mentiras transmitidas sin pudor e IA al servicio de los peores intereses.
Petro habló en escenarios mundiales de la descarbonización, de la desertificación, de la urgencia de proteger el medio ambiente, de las energías limpias y de la necesidad de establecer políticas efectivas con el fin de conservar la especie en el planeta, temas ajenos hasta entonces a los presidentes de Colombia, acostumbrados al poder de los centros, el vasallaje, la complicidad y el silencio. Su referencia permanente a la ciencia y a los peligros de la producción capitalista que no tiene límites cuando de lucro se trata, fueron tomadas como idealismo, romanticismo o aún locura. Nada más injusto. Para los grandes empresarios del mundo todo esto era locura porque constituía un peligro para sus finanzas.
Lo que el dignatario colombiano buscaba era la subordinación del mercado a la humanidad, las ganancias a la solidaridad y, en últimas, la codicia a las elementales necesidades del ser humano.
Como presidente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en Nueva York, en junio de 2026 el presidente Gustavo Petro abordó temas coyunturales como la crisis climática, la migración, los riesgos de la inteligencia artificial y lanzó críticas sobre las dinámicas políticas internacionales.
No puede olvidarse la oposición del presidente Petro a la repatriación de ciudadanos colombianos encadenados de Estados Unidos al país o su férrea denuncia del ataque a los pescadores tomados como narcotraficantes por el gobierno estadounidense, temas que tuvieron exiguo cubrimiento mediático.
En varias oportunidades el Presidente afirmó la dignidad de los colombianos y latinoamericanos frente a Estados Unidos, como cuando se produjo la invasión a Estados Unidos y el secuestro de Nicolás Maduro por orden de Donald Trump. Hasta donde le fue posible, el presidente manifestó su desacuerdo con tales acciones del imperio. Solo por presión de lobistas y por estrategia nacional se prestó a establecer dos comunicaciones telefónicas con el dirigente norteamericano y un encuentro personal con él (que demostró entonces y luego su más absoluto desconocimiento de Colombia y Latinoamérica).
Por sus posiciones comprometidas, Petro fue objetivo estratégico del “Proyecto Mercurio", que tiene como fin provocar indignación, miedo e incertidumbre e ideologizar a la comunidad en un solo discurso; del plan "Honduras Gate", complot internacional en contra de Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum promovido por Israel, Milei y el United States Department of Homeland Security, que lo sindicó, ademas, como narcotraficante cuando en su mandato se incautaron 2.366 toneladas de cocaína en tres años, un 62% más que el gobierno anterior.
La política ambigua de Washington respecto de las drogas, que por un lado exige resultados y por otra se alía con narcotraficantes condenados como Juan Orlando Hernández para mantener su influencia en la región, debe entenderse dentro de la óptica del ataque del presidente Trump al orden mundial que también denunció el dignatario colombiano. Los intereses estratégicos de Washington en este rubro así como en los recursos naturales de Colombia, y en particular los del Catatumbo o el Aráuca, explican las bases militares o la intervención de Estados Unidos en el ejercito nacional. De esto también hablo Gustavo Petro en la soledad de su gobierno.
A los ataques globales contra Gustavo Petro debe sumarse la acción de Palantin, la estructura tecnológica y mafiosa que por lo visto ha avanzado en unificar geopolíticamente a un Occidente dominado por los magnates de la guerra y los explotadores de los recursos planetarios. Influir en gobiernos, dominar campañas y definir elecciones hace parte de su poder y de esto muy poca consciencia se tiene. Menos aún entre multitudes doblegadas a la publicidad, los designios de iglesias cristianas o IA sin control. Todo eso que afecta sobre todo a los más vulnerables del mundo y a países susceptibles de manipulación por ignorancia y miseria estructurales.
Por eso, en Colombia, Gustavo Petro le dio su lugar al pueblo, a las multitudes explotadas, no solo en su retórica, sino en su gestión. Con sinceridad, se interesó por el bienestar de la gente y desde su inestabilidad gubernamental le transmitió tal interés. Habló del agua y la naturaleza, de la descarbonización y los recursos naturales; de las tarifas de la energía eléctrica y de las mafias en las empresas de la seguridad o la salud, temas vedados hasta entonces.
Con paciencia, Petro cumplió una labor pedagógica de actualizar y familiarizar al ciudadano con su contexto y con su historia a fin de entender su presente: desde Bolívar hasta la Unión Patriótica, desde Juan José Nieto, el presidente olvidado, hasta las conquistas del presidente liberal Alfonso López Pumarejo, desde la revuelta de los comuneros hasta los movimientos estudiantiles del siglo XXI, sus discursos permitieron que la gente asimilara esa historia de reinvindicaciones y derechos populares.
Lo que para muchos fue “verborrea” y populismo, para buena parte de la población fue ilustración. Petro no solo tenía en la cabeza la geografía de Colombia, sus problemas y oportunidades, sino doscientos años de injusticia e inequidad. La repetición estratégica de que Colombia es una de las naciones más desiguales del mundo y, a la vez, de que es el país de la belleza y el amor caló hondo en sus ciudadanos. Una antigua teología de la liberación resurgió de sus labios identificando cristianismo y transformación social, fe y revolución, cosa que paradójicamente no comprendieron tantos que se reivindican como católicos y van a misa.
En cuanto a la seguridad —el rubro más cacareado y apropiado por la derecha más reaccionaria—, el gobierno de Gustavo Petro modificó la perspectiva. Si el tema había sido el caballito de batalla de los gobiernos anteriores y, por lo tanto, la justificación retórica de sus presupuestos militaristas, el presidente cambió su perspectiva y buscó una pacificación democrática sin represión social.
Tradicionalmente se le adjudicaban a la Seguridad más de la tercera parte los presupuestos nacionales, lo que en plata blanca significaba compras de armas a Israel (¡otra vez Israel!) y Estados Unidos, enriquecimiento de una élite militar favorecida con la Inseguridad y agencias de militares retirados, derroche en fuerzas de contención como el ESMAD para la represión y violencia.
Al margen de retóricas, al ciudadano poco le llegaba y le llega de seguridad, sobre todo en el campo, en el sector rural y en comunidades apartadas del país.
Petro impulsó una política de Paz Total a la que se opusieron sin descanso sus enemigos políticos secundados por los medios de comunicación. Lo bueno de esta política fue que una nueva perspectiva del tema influyó en algunos miembros del ejército, de altos y medios mandos y soldados que se iniciaban en la carrera profesional. En esto fue de gran ayuda el hecho de que el salario policial subió 10% anual, el mayor en 15 años, y se aumentó el salario mínimo a auxiliares de policía y militares.
De la mano de instituciones como la Justicia Especial para la Paz, la JEP, durante este mandato se buscó una transformación real en el discurso del poder del Estado en Colombia. Hubo errores, por supuesto, como darle estatus a las disidencias de las FARC en franca violación del acuerdo de paz o contar con desmovilizados para emprender cambios. Los planes de su ministro de Justicia Néstor Osuna relativos a la urgente descongestión de las cárceles —solo por poner un ejemplo—, apenas fueron atendidos, pues los medios de comunicación apenas le dieron importancia.
En ese mismo tema de la seguridad, los colombianos todavía carecen de la información suficiente para entender que, como la salud, este también es un derecho y como tal debe ser administrado y regulado por el Estado, no por oportunistas que lo hacen un negocio. Si muchos celebran el fracaso de la política de Paz Total, deberían recordar el fracaso de la guerra al enemigo interno de los gobiernos anteriores. Como lo he expuesto antes, el negocio de la seguridad ha dependido justamente de la inseguridad y pocos como Petro para intentar cambiarlo.
Y ese rubro no fue la excepción. Entre otros logros, el gobierno del presidente Petro redujo las cifras del hambre y la mortalidad infantil y materna con acciones del sistema de salud y el ICBF. Y aunque no logró su cometido de sanear el sector de la salud y fueron los ciudadanos los afectados por la falta de servicios o medicamentos, durante su mandato el gobierno intervino las Instituciones Prestadoras de Servicios de Salud, IPS, y las Entidades Promotoras de Salud, EPS, con el fin de desprivatizar la administración de este derecho fundamental. Era y es evidente el enriquecimiento ilícito de los mercaderes de la salud y el desgreño de la seguridad social en Colombia. El presidente se esmeró en enfrentar el monstruo. Sin desconocer los errores en este rubro, es urgente que la población asuma que la salud, como la seguridad, no es un negocio sino un derecho y que es necesario reestructurar todo el sector.
Al margen de lo anterior, con una oposición radical, el presidente Gustavo Petro logró la reforma laboral y el salario vital. Subió el salario mínimo y luego, en 2025, subió el salario mínimo vital en un 25%, aumentos sin precedentes en Colombia. Asimismo, el crédito para asociaciones campesinas e industriales creció 263%, favoreciendo a sectores como el arroz, la leche y el café.
Además, el gobierno del presidente Petro redujo la inflación del 13,8%al 4,82%. En su mandato bajó la deuda externa y entre marzo y mayo de 2026 el país disminuyó sus obligaciones internacionales en cerca de 10.000 millones de dólares y la deuda externa pasó de representar el 42% del Producto Interno Bruto a un 25%.
Aunque varias veces Petro nombró funcionarios sin la preparación necesaria para el cargo o sin experiencia, y hubo una temporalidad de ministros perjudicial para su gobierno, se esmeró en nombrar representantes de los indígenas y de las comunidades negras y profesores universitarios en cargos de dirección y responsabilidad del Estado con el fin de emprender una honda transformación social. También impulsó a la educación superior con la modificación de la Ley 30. La matrícula gratuita en universidades públicas llegó al 97% y en este campo se pasó de 597.000 estudiantes en 2022 a 902.000 en 2025. La transformación de Colombia tiene mucho qué ver con este rubro y el sueño del presidente incluía más universidades y menos acción militar.
En todo caso, Petro nunca expropió como vaticinaban sus ignorantes enemigos. Por el contrario, en tres años se gestionaron 601.000 hectáreas fértiles: 401.345 compradas y el resto recuperadas. Contrario a toda previsión, aumentó el capital de agricultores, banqueros, empresarios y su gestión fue reconocida por la OCDE. Asimismo, contrario a toda previsión, en este mandato Colombia superó los siete millones de turistas extranjeros por año y las divisas por turismo ya superan los USD 10.000 millones anuales, más que el carbón.
En síntesis, durante el gobierno del dignatario Gustavo Petro nunca se menoscabó la libertad de expresión o se restringieron libertades fundamentales (expresión, asociación y protesta), pese a que la oposición y la prensa criticaron al gobierno de forma voraz durante los cuatro años. Tampoco hubo expropiaciones masivas, ni medios de comunicación cerrados, como prevean sus detractores. No hubo persecución, intimidación o encarcelamiento de opositores políticos, ni ejecuciones extrajudiciales como en gobiernos anteriores, ni vigilancia masiva de la población por organismos de inteligencia, ni manipulación de la justicia para favorecer al gobierno. No hubo restricciones a organizaciones civiles, sindicatos o movimientos sociales independientes ni reformas constitucionales destinadas a perpetuarse en el poder.
A pesar de sus errores, el presidente Gustavo Petro sinceramente se preocupó como ninguno por el destino de la república. Su condición de dignatario fue una realidad. Acaso, con el paso del tiempo estas cosas se olviden, acaso el triunfo de una derecha recalcitrante empiece la labor de negación y olvido de este periodo presidencial y poco a poco hasta los adeptos oportunistas del presidente lo abandonarán; a pocos les gusta estar con el perdedor y perdedores en estos tiempos son los hombres dignos.
Quien esto escribe puede afirmar con total consciencia que el gobierno de Gustavo Petro Urrego fue el más esperanzador para quienes durante siglos solo vivimos la exclusión, la explotación y el rechazo.
Durante los cuatro años que concluyen en 2026 una multitud adquirió entidad política y dignidad y eso no podrá olvidarlo un pueblo consciente a pesar de las políticas del olvido, la manipulación mediática y la represión.
Dudo que en otros doscientos años llegue alguien como Gustavo Petro a la presidencia de Colombia.
¡Gracias Gustavo Petro por darnos dignidad!