De rinocerontes y exilio
En la pieza teatral El Rinoceronte (1959), del escritor rumano Eugène Ionesco (1909-1994), una extraña epidemia lleva a que los habitantes de una pequeña ciudad se conviertan poco a poco en rinocerontes. Al principio, los vecinos se dividen entre el asombro, el comentario sobre lo que ocurre y el pánico cuando uno de ellos aplasta a un gato. No obstante, poco a poco todos se van acostumbrando a ver los animales a diestra y siniestra y terminan por convertirse mansamente en rinocerontes. Lo más inquietante del asunto es que las personas se transforman no por accidente, sino por seducción e imitación, pues admiran la fuerza de la manada y sin mayor consciencia se van uniendo a ella.
Tres actos permiten comprender así la evolución de la sociedad hacia el totalitarismo, es decir, la subordinación de todos los ciudadanos a una sola visión de la vida, a un pensamiento único. En ese extraño mundo de rinocerontes, Berenger, el personaje principal, afirma: “Todos se han vuelto locos. El mundo está enfermo. Todos están enfermos”, y, al final declara: “¡Soy el último hombre, seguiré siéndolo hasta el fin! ¡Yo no capitulo!”. Con ello, el escritor reivindica su esperanza en el individuo lúcido en medio de discursos irracionales.
Ionesco escribió El Rinoceronte inspirado en el remonte del nazismo y el fascismo en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial. La metáfora de los rinocerontes le permite denunciar la pérdida de la capacidad reflexiva de los ciudadanos, el lugar de la moralidad individual y la importancia de la identidad en un contexto de ideologías destructivas y peligrosas que se expanden sin control. “No hay razón absoluta. El mundo es el que tiene razón, no tú ni yo…”, dice Daisy, la novia de Berenger, entregándose inerte a la seducción de la masa enajenada.
Como cientos de personas que apoyaron a Hitler o Mussolini, buena parte de personas en Colombia, incluso varias que conozco o aprecio, parecen convertirse en miembros de una manada enajenada: magistrados de las altas cortes, líderes políticos, rectores y profesores de universidades, ministros, empresarios, escritores reconocidos y aun familiares y amigos apoyan a un candidato presidencial que ha sido abogado de narcotraficantes y paramilitares confesos.
En efecto, el candidato Abelardo de la Espriella amenaza con convertirse en un bufo presidente de la República de Colombia con todos los defectos posibles: corrupto, misógino, militarista, represivo, enemigo del medio ambiente y los animales. Los medios oficiales lo han exaltado al punto de considerarlo el salvador de la patria, del mismo modo que lo han hecho el United States Department of Homeland Security y el odio inoculado en la gente al presidente Gustavo Petro. El uso de la Inteligencia Artificial, otro negocio de multimillonarios enemigos de la equidad, y la difusión constante de insultos y tergiversaciones hacen parte de una campaña de desprestigio que le adjudican al mandatario actual responsabilidades de antiguos gobiernos y de entidades privadas, como las EPS o el Banco de la República.
Esa “mayoría” enajenada prefiere acciones inmediatas para problemas complejos o soluciones simples de carácter fascista que alimentan la represión y militarización contra la disidencia.
Lo más doloroso, quizás, es que Colombia es solo un caso más de la corriente mundial: ocurre lo mismo en Estados Unidos, El Salvador, Israel, Argentina, Rusia, Ecuador o Italia. Campañas de lawfare contra presidentes y sus cercanos, persecución a inmigrantes, juicios sumarios a inocentes, genocidios y extradiciones masivas son solo algunos de los métodos para atacar las democracias.
Por eso es imperioso reflexionar y alertar sobre los riesgos que los discursos irracionales suponen: el totalitarismo, la violencia, la indiferencia por los más débiles, la profundización de las brechas sociales o la entrega a la empresa privada —en la que prima solo su interés económico— de los sistemas de salud, educación, cultura y medio ambiente, todos ellos derechos fundamentales que deberían ser defendidos férreamente por la gente.
Cristina Fallarás, escritora española, afirma, con respecto a la epidemia de Vox en España, que con ellos “no se debe compartir nada, ni un saludo, ni un café... ¡Nada!” "Somos nosotros los que debemos aislarlos". “Es nuestra obligación moral y democrática hacer explícito nuestro desprecio”. “Si tienes un amigo fascista, colaboras con el fascismo”. “No se confraterniza con la bestia, […] hacerlo te convierte en cómplice de la bestia o en bestia”.
¿Son conscientes los colombianos que van a votar por De La Espriella de que su voto legitima la destrucción de la flora y fauna nacional, la eliminación de prerrogativas sociales de sanidad y educación o la venta de armas en un país lleno de inequidad y violencia? ¿Son conscientes del recorte del Estado, la eliminación de ministerios que velan por la protección de derechos o la construcción de súper cárceles como las de Bukele? ¿Quieren endosarle al país a las corporaciones internacionales? ¿Podemos tomar un café con los rinocerontes y prevenirlos de la locura? ¿Cuando pasen las elecciones presidenciales del 21 de junio, nos acostumbraremos al régimen o seremos sus víctimas?
La propuesta de Fallarás supone dilemas respecto de quienes, como Berenger en El Rinoceronte, seguimos creyendo en la humanidad. Sobre todo a quienes tenemos una historia de exclusión y exilio.
A principios de los años veinte los políticos y los curas colombianos hacían listas de rojos para que las autoridades se hicieran cargo de ellos. Para entonces, todo el que pensara distinto o perteneciera a otra etnia, “raza” o clase social era "comunista", enemigo de las instituciones y de Nuestro Señor. ¿La solución? Eliminarlos como se elimina a un mosquito molesto o a un gato. Así sucedió tanto en 1928 como en 1948, “años del tropel” según Alfredo Molano. Entonces, algunos de mis familiares, incluidos los poetas, hicieron parte de esas listas de la infamia y tuvieron que huir para sobrevivir, a Venezuela, para el caso.
Un siglo después, nos ocurre lo mismo a mí y a amigos y colegas de la Universidad de Antioquia. Nosotros fuimos incluidos en una lista durante el estallido social de 2018.
En tiempos de la presidencia de Iván Duque, “El que dijo” El Innombrable, el mote de “comunistas” se lo pusieron a líderes sociales, sindicalistas, periodistas, militantes de partidos alternativos, campesinos y profesores y estudiantes de universidades públicas. El adjetivo se lo adjudicaron a personas que ni siquiera sabían lo que era el comunismo, mucho menos pertenecían al partido, pero por cualquier razón resultaban incómodas para el régimen: madres buscando a sus hijos, jóvenes pobres, indígenas, negros, travestis, prostitutas... La tradición anticomunista, que había hecho estragos desde los primeros años del siglo XX en América Latina y se recrudeció durante la Guerra Fría, se mantuvo durante los años 80 y 90 —más de cuatro mil militantes de la Unión Patriótica fueron acribillados por el Estado— y perduró (y perdura) hasta nuestros días. Todo con el impulso permanente del Department of Homeland Security y el apoyo de los sectores dominantes del país.
El 25 de octubre de 2018 los profesores Adolfo Leon Atehortúa, ex rector de la Universidad Pedagógica y docente en la Facultad de Humanidades; Juan Carlos Yepes, de la Universidad de Caldas; Luis Fernando Marín, de la Universidad del Quindío; y el estudiante José Leonardo Yoldy se declararon en huelga de hambre hasta que el Ministerio de Educación Nacional convocara una mesa de diálogo para tratar el problema de la Educación Superior Pública. A ellos se sumó un grupo de estudiantes de la licenciatura en biología de la Universidad Pedagógica Nacional que el 24 de octubre inició una huelga de hambre y de palabra, que esperaban extender hasta el viernes 26 de octubre de ese año (change.org ).
Jean Paul Sarrazin Martínez, PhD. docente el departamento de Sociología de la Universidad de Antioquia-Colombia, denunciaba entonces la atención que los ciudadanos le dispensaban al fútbol en detrimento de cuestiones tan importantes como la salud y la educación. "Ese patriotismo o exacerbada conciencia de que “somos Colombia” y “amamos la camiseta” –evidentemente magnificada por los medios y las élites económico-políticas– contrasta desgarradamente con la ausencia de consciencia comunitaria y de disposición para cooperar (en todo el sentido de la palabra: co-operar, operar o hacer en conjunto, un operar que implica organización social y el logro de objetivos colectivos importantes, de manera que la calidad de vida del conjunto de personas mejore)" (UdeA Noticias).
Por ideas como estas, aparecieron amenazas en folios membreteados de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, AGC. Este grupo paramilitar cercano a las fuerzas armadas dejó su mensaje en los baños, en los corredores, en las aulas. Más tarde lo hicieron con tinta roja en carteleras blancas, en las paredes de la institución y hasta en las vías públicas anexas a la universidad.
El mensaje decía: “guerrilleros, comunistas, milicianos… que impulsan la paz ilegítima de santos (sic) y promueven “revueltas y acciones anarquistas”; “… camufladas dentro de sindicatos y organizaciones estudiantiles. … Los tenemos identificados…” y deben “cesar definitivamente las revueltas, las bombas o serán exterminados”.
Los milicianos —esos sí— señalaban directamente a diez sindicatos y asociaciones y a cinco personas, “cuyos nombres no publicamos por motivos de seguridad”, dijo El Colombiano.
Panfleto que recibí en mi oficina . “El panfleto califica a las protestas estudiantiles y las marchas del sector educativo como “revueltas y acciones anarquistas” y advierte que de no cesar las movilizaciones, las personas y los colectivos señalados en el mensaje “serán exterminados”.
Hoy ocurre lo mismo con los adeptos de “El Tigre”, que no es otro que De La Espriella: correos amenazantes de “Firmes por la Patria” anuncian la “erradicación” de “aquel que piense desde el marxismo”, “escorias”, “guerrilleros y violentos”. “El terrorismo, dicen, no va más con el tigre”. “Exterminar el comunismo es una misión sagrada”.
Carta amenazante a la comunidad universitaria de hoy, muy semejante a aquellas “notificaciones” que recibimos estudiantes y profesores en 2018.
Las amenazas se reproducen año a año, día tras día, con conocimiento de las “autoridades”. Y a pesar de que no se habla en voz alta del asunto, de que en estricto sentido no se pueda hablar del asunto, sabemos, como sabíamos en 2018, que esas amenazas no son retórica.
Cuando uno de nosotros tuvo la “mala idea” de apoyar el acuerdo de paz de 2016, creyendo que era real la apertura democrática del gobierno de Juan Manuel Santos hasta el punto de afiliarse al partido de los desmovilizados de las FARC, uno de sus amigos de militancia fue asesinado frente a su casa.
Frente a la muerte de ese ex militante de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (Farc) muchos dijeron que esta había ocurrido por la inseguridad de la ciudad o incluso “por un lío de faldas”. Nosotros sabíamos que era por “guerrillero”, de nada valían la desmovilización de la guerrilla y el acuerdo de paz.
"...en los casi 14 meses después de la firma del Acuerdo de Paz del Teatro Colón se han registrado 44 ataques a la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (Farc), que han dejado 50 víctimas mortales", afirmó entonces la vicefiscal María Paulina Riveros, quien entregó al vicepresidente, general (R) Óscar Naranjo, un informe que recogía las amenazas, homicidios y ataques que habían sufrido los miembros de la Farc, sus familias o incluso personas cercanas a la organización desde la firma del Acuerdo de Paz, el 30 de noviembre de 2016 (10. feb. 2018. El Espectador.com).
A pesar del No de la población al Acuerdo de Paz, en 2016 el presidente Juan Manuel Santos, posterior Nobel de la Paz, marcó una ruta y muchos creímos en ella. No pensamos entonces que la iniciativa fuera más una cuestión de ego personal y que él apoyaría luego al Innombrable, su supuesto enemigo político, cuando la justicia internacional lo tuviera casi entre manos: los cambios normativos fueron cosméticos y el Estado y sus fuerzas armadas no se comprometieron con ellos, repitiendo así una política de violencia y corrupción. En la esta deriva puede explicarse también el “fracaso” de la política de la Paz Total del presidente Petro.
Ante el inminente peligro, sin decir nada, en 2020 abandoné Colombia como los tíos poetas. Nunca hablé de la gravedad real que tenía la situación pues, conforme a las costumbres nacionales, consideré que era mejor no hacerlo. Empezaban a "limpiarnos" (en lenguaje del país) y, como muchos, temía expresarme o denunciar.
Para personas como yo, abandonar Colombia era una posibilidad, incluso una respuesta “sensata” a la crisis. “¡Qué envidia salir de la prisión!”, nos dijo una amiga aludiendo como en otras oportunidades lo hacía a la canción de Fruko y sus tesos, un himno a la desgracia de vivir en un Estado al margen de sus ciudadanos. Pocos se plantearon el dolor de dejar el país, de tener que abandonar el trabajo, la estabilidad, los afectos… Algunos piensan todavía que emigrar es cuestión de suerte y éxito, pero no hay nada más lejano de la realidad.
Ya hay siete millones de colombianos en la diáspora, desterrados en la selva contemporánea de La Vorágine de Arturo Cova. En medio de una evidente guerra mundial en la que nos inscribimos como especie, que incluye persecución y rechazo a los inmigrantes, explotación de mano de obra esclava y marginalización de los más vulnerables, el exilio tiene día a día un alto precio: exclusión, racismo, aislamiento, papeleo, trabajos duros y mal remunerados, como los que denuncia Fallarás. A menudo tienes que probar que ser colombiano no implica ser un narcotraficante y que un título de abogado o profesor pueden significar algo más que una conquista en el Tercer Mundo.
El remonte de la extrema derecha vaticina lo peor para Colombia y el planeta. Los rinocerontes se reproducen en España y en Europa, en Estados Unidos o Rusia, y al parecer no dudan en asestarle día a día golpes a una democracia liberal, que cada día parece más un sistema sofisticado de negocios en perjuicio de la mayoría.
En estas circunstancias, cierta solidaridad humana se abre paso. Con dificultad. Derivada de la historia humana, de las revoluciones que le dieron sentido, de la mejor ala del cristianismo, del idealismo, del romanticismo o de no sé qué maravillosa fuente natural que intenta reconciliarnos con la vida y el amor.
La manada de rinocerontes busca destruir cualquier refugio, pero… “¡Somos seres humanos y seguiremos siéndolo hasta el fin! ¡No capitulemos!”.
Trabajos citados
Fotografía inicial tomada de https://www.lavanguardia.com/natural/20181031/452657627132/principal-ganaderia-rinoceronte-mundo-punto-quiebra.html