El hombre a la medida de su pene
Obeliscode la Plaza de La Concorde de París que pertenecía al Templo de Luxor de la antigua Tebas (Egipto).
¿El pene nos define como hombres? ¿La medida del pene o su potencia nos constituye?
Por siglos el pene del hombre ha determinado el orden social e incluso el destino de las culturas, pues, entre otras cosas, ha sido la base de sus mitos fundacionales.
Osiris, el primer rey egipcio, fue trozado por su hermano Seth en pedazos distribuidos por el imperio. Isis, su esposa y hermana, recolectó los fragmentos pero no pudo encontrar el miembro viril pues este fue devorado por un pez en el Nilo. Ella revivió temporalmente a Osiris, lo dotó de un falo artificial y así pudo concebir a Horus, que vengó a su padre y recuperó el reino para su descendencia. Desde entonces él y todos los faraones se consideraron encarnación de Osiris y el Nilo un río sagrado de peces míticos.
El pene artificial de Osiris inspiraría, entre otras cosas, las representaciones artísticas del miembro viril y sobre todo los obeliscos. Desde entonces, la altura, el esplendor, la belleza definieron el poder masculino que alimentaría luego la ambición de Napoleón o la construcción misma de columnas triunfales que se propagarían por el mundo entero. El obelisco egipcio de la Plaza de La Concorde de París, admirado por el emperador francés y “donado” por los egipcios, y el obelisco de la Plaza de la República de Buenos Aires, diseñado a imagen y semejanza de su arquitecto y promotor, entre otros, sintetizan la historia simbólica del pene en el occidente patriarcal.
Una muestra reciente del artificio de la diosa Isis son los mecanismos médicos o culturales de extension del pene, sus cirugías extensivas y de agrandamiento, pero también las representaciones externas del poder masculino, las grandes camionetas de lujo, las hermosas mujeres acompañantes o incluso los numerosos relatos literarios alrededor del tema.
El escritor colombiano Efraín Medina inicia así su novela Érase una vez el amor pero tuve que matarlo (2003):
Me llaman Rep —diminutivo de reptil— desde que recuerdo. Mido seis pies y peso ochenta y un kilos (como los cowboys de Marcial Lafuente Estefanía), tengo ojos negros y hundidos como agujeros de escopeta a punto de disparar, la boca sensual y una verga de 25 centímetros en los días calurosos. No soy eyaculador precoz ni suelo tener mal aliento, me gusta cortarme las uñas hasta hacerlas sangrar, tengo huellas de acné en la cara y el culo, unos dientes fuertes y el olor natural de mi piel es fascinante. Para la eficaz e inolvidable sacudida que toda mujer sueña, soy el tipo indicado.
Al margen de la imagen inicial del reptil, inversión adánica del atributo viril, la verga de 25 centímetros del hedonista narrador se suma a los detalles apologéticos de su tardía eyaculación y con ello la previsión de una “eficaz e inolvidable sacudida que toda mujer sueña”.
El pene sintetiza aquí el poder del narrador y la mujer adquiere en esta imagen de Medina la condición de depredadora a la espera ansiosa del pene.
Por su parte, en Malemort, el Impotente (2015), el escritor argentino Guillermo Roz revela la importancia social del pene y de la reproducción. Frente al mito de su impotencia, en un momento dado el personaje declara a viva voz:
—Señores —dijo solemnemente Malemort frente a las miradas atemorizadas del grupo de pequeños—, hoy se enterarán de algo muy importante. Impotente, como ustedes me llaman, es un hombre que no puede ser padre. Acércate, querida —le pidió en francés a Belém—. Esta hermosa mujer que ven es mi legítima esposa y lleva aquí adentro —y tocó como si fuera a disparar con un índice al mismísimo ombligo de la señora— un hijo mío. Por consiguiente: yo soy o seré padre. Por consiguiente: ya nunca más me llamarán impotente. Nunca jamás de los jamases. ¿Entendido o lo explico otra vez?
Luego, frente a todo chismorreo, como en el mito de Isis, es la hija de Malemort quien advierte:
Yo soy la que junta los pedazos del impotente que no era impotente, la del joven sin juventud, la del asesino, la del amigo del subnormal y del loco, la del soñador salvado por el mutismo del odio y el abandono del amor.
La historia de inmigración y colonización de una parte de la Argentina le sirve al escritor para profundizar en los mitos sociales al rededor del pene que determinan la vida de los hombres y los pueblos.
Ante tal panorama, en “Te quiero burrita” (1980) el poeta colombiano Raúl Gómez Jattin ofrece una peculiar deconstrucción de la masculinidad pues obvia la mención el pene; aunque lo mantiene como una entidad metafísica e invisible alrededor de la cual se construye la peculiar comunidad masculina:
Porque no hablas
ni te quejas
ni pides plata
ni lloras
ni me quitas un lugar en la hamaca
ni te enterneces
ni suspiras cuando me vengo
ni te frunces
ni me agarras.
Te quiero
ahí sola
como yo
sin pretender estar conmigo
compartiendo tu crica
con mis amigos
sin hacerme quedar mal con ellos
y sin pedirme un beso.
En este espacio poético la burrita silenciosa reemplaza a la mujer exigente y los hombres que acceden a ella fundan por esa razón ese íntimo vínculo. Compartir la crica genera una solidaridad semejante a aquella de los Osiris reencarnados cada vez por siempre.
Toda esta reflexion en torno al sentido del pene o la comunidad de hombres unidos por la experiencia zoofílica y misógina de la pasiva burrita responde aquí a un solo objetivo: digerir con las palabras una visión apocalíptica que tuve hace poco en Bogotá y que demuestra hasta qué punto la cultura, la literatura y la sociedad se han alejado de la realidad de los hombres:
En una calle de Bogotá un hombre camina con una sonda urinaria que desciende desde su vejiga, pasa por el conducto uretral y va a dar a una bolsa de plástico de unos cuarenta centímetros con capacidad de unos dos litros de orina. Su próstata ha crecido a tal punto que le impide expulsar la orina y requiere del artilugio médico para recibirla.
Lo más grave de esta visión es que, sosteniendo la bolsa de orina, el hombre camina por las calles de la ciudad pidiendo limosna.
Sí: ese hombre prostático de unos cincuenta años de edad marcha con la sonda urinaria a la espera de la caridad cristiana y su andar no solo pone en entredicho la ignominia rotunda del sistema sino todos los mitos originales de supremacía del pene. Como dijo alguna vez Emile Zola para un caso semejante:
Después de tantos siglos de caridad cristiana, no se había cerrado ni una sola llaga, la miseria no había hecho más que aumentar y envenenarse hasta la rabia. El mal, agravado sin cesar, llegaba a no poder ser tolerado ni un día más, desde el momento en que la injusticia social no se curaba, ni siquiera disminuía. Y además, ¿no bastaba con que un viejo muriese de frío y de hambre para que se derrumbase el andamiaje de una sociedad erigida sobre la limosna? Una sola víctima y aquella sociedad estaba condenada (París, 1898).
La limitación de la facultad orgánica del pene —orinar, tener relaciones sexuales, procrear…— se suma en este caso a la miseria social y pone en entredicho la moral cristiana, el mundo que vivimos y, sobre todo, el sistema de salud que padecemos; también la trivial virilidad que se ha exaltado por años y la superficialidad de nuestra cultura. La condición vulnerable del hombre y, a falta de medios, su inminente marginalidad son la muestra contemporánea de la mentira de los mitos, su dolorosa caricatura.
Por supuesto, el hombre limitado que pide limosna en las calles de Bogotá no deja de ser hombre; es la sociedad inhumana la que lo condena a este estado, a la fragilidad y la miseria. El hombre y su sonda no es ajeno a otras formas de desnaturalización de la persona, su cosificación generalizada y su cotidiana simplificación en imágenes publicitarias y mitologías del consumo.
Frente a la triste imagen, una cosa resulta evidente: la ausencia de fraternidad, de solidaridad social que lleva al hombre y su pene al precipicio donde nadie podrá reconstituirlo.
En efecto, miles de hombres en Colombia y el mundo entero tienen que esperar meses una operación de próstata a fin de recobrar la capacidad urinaria. La seguridad social, los seguros médicos, el sistema en fin, evitan hasta el último momento suministrar el servicio quirúrgico pues este no les resulta rentable. En Bogotá, una ablación de próstata tiene un costo que oscila entre dieciocho y treinta millones de pesos (¡de unos cuatro mil a diez mil euros!) y pocos pueden darse ese lujo. El mes que se previene como término máximo de uso de la bolsa urinaria se extiende en el tiempo y los pacientes están obligados a sufrir la tortura urinaria y a intentar reunir lo más pronto posible el dinero para la cirugía.
¿Ustedes se imaginan lo que es tener una sonda desde la vejiga hasta una bolsa pasando por una sonda en el centro del pene?
Hoy, miles de hermanas, madres y esposas de esos hombres con una inflación de la próstata tienen que sufrir la condena de esperar y mendigar la asistencia médica; y la situación se extiende como cáncer social. No hay bolsas para tanta gente y no hay operaciones expeditas para todos. Con dificultad, el pene y sus funciones se podrá rehacer.
Frente a lo anterior, de más está advertir lo de siempre: hay dinero para armas, para publicidad política, para IA, pero no para servicios médicos. Hasta donde sea posible la bolsa urinaria seguirá anexa al hombre de Bogotá; hasta que pueda, él tendrá que mendigar para reunir lo necesario para la cirugía. Si no, tendrá que explotar de dolor e indiferencia en la calle en medio de su orina.
¡Y creemos que hemos progresado!