Apuntes sobre el holocausto del Palacio de Justicia de 1985 y José Mauricio Gaona Bejarano en el escenario político colombiano
Fotograma de la película Noviembre (2025), de Tomás Corredor, incluida en el artículo de Lucas Ospina “Arte y Palacio de Justicia: la censura a la película Noviembre” (25 de octubre de 2025). La frase censurada (“Usted, Gaona, que es uña y mugre con estos terroristas”) demuestra el poder del abogado demandante José Mauricio Gaona Bejarano, hijo del profesor Manuel Gaona, representante en este caso de parte de la familia y de ciertos intereses políticos.
Lo ocurrido el miércoles 6 y el jueves 7 de noviembre de 1985 en el Palacio de Justicia de Colombia constituye, todavía, un motivo de reflexión ciudadana y, por eso mismo, admite nuevas perspectivas, bien sean informales, formales, científicas o artísticas.
Ante su actualización mediática por estas fechas, y dadas las últimas polémicas en torno a la censura aplicada por Danilo Valero Huertas, Juez 128 Penal Municipal de Bogotá, a la película Noviembre (2025), del director Tomás Corredor, que recrea el hecho, quisiera compartir estas breves consideraciones.
Como estudiante de segundo año de Derecho de la Universidad Externado de Colombia viví de cerca lo que posteriormente llamarían el “holocausto del Palacio de Justicia”: la muerte de más de cien personas y la desaparición de unas once en medio de la toma del grupo guerrillero M19 y la retoma por parte del ejército. Al respecto, en 2012 escribí la novela Desaparición (Ediciones B), donde, a partir de la perspectiva de una de las víctimas de desaparición forzada, se ofrece una perspectiva de los hechos.
Al margen de lo anterior, por distintas circunstancias, de 1998 a 2002, estudié en la Universidad de La Sorbonne (París IV), donde conocí a José Mauricio Gaona Bejarano, hijo del profesor Manuel Gaona, víctima de los hechos del Palacio, quien por estos días se explaya en sus exposiciones sobre el hecho y, en particular, sobre su éxito en la susodicha demanda interpuesta por él y algunos miembros de su familia contra la película Noviembre.
I
En lo que se refiere a mi experiencia directa del hecho debo advertir que desde 1974 hasta hoy llevo un Diario. Este mecanismo de consignación permanente de lo vivido me ha permitido forjar una visión hasta cierto punto atemporal respecto de numerosos temas y la política colombiana entre ellos.
En el cuaderno correspondiente a esos trágicos días de 1985 doy cuenta, sobre todo, de mi experiencia como estudiante de la Universidad e integrante de su grupo de teatro La Tramoya:
“Miércoles 6 de noviembre
Hoy el M19 se ha tomado el Palacio de Justicia. El noticiero habla del asunto, pero no hay nada como estar en el lugar. Yo mismo fui testigo de lo que pasó en la mañana y sé lo que está sucediendo.
En la mañana, teníamos el examen final de Penal (la materia del profesor Alfonso Reyes), pero llegó la hora y nada. “Es una suerte que no tengamos el examen”, dijo Marco Tulio cuando escuchamos la balacera allá abajo, en la Plaza de Bolívar. Yo me quedé mirándolo… su frialdad siempre me había parecido sorprendente, pero en ese momento…
No obstante, a media mañana, él y yo bajamos a la Plaza de Bolívar.
La plaza estaba cercada con cintas de seguridad del ejército.
El cruce del fuego dominaba el lugar.
A la altura de la calle 12 con Octava, yo estaba solo. Marco Tulio y yo nos habíamos separado. Yo merodeé un rato por el lugar. Entonces, vi a la periodista Gloria Gómez que, armada de su micrófono y seguida de un camarógrafo, pretendía entrar a la Plaza y hacer el reporte de lo sucedido. Pronto la perdí de vista.
…
En la plaza, la gente se agolpaba para ver lo que podía. Las detonaciones asustaban a todos y varios soldados nos dispersaban; la inquietante calma de un instante nos atraía a todos de nuevo, pero tampoco entonces nadie qué hacer.
Yo preferí encaminarme a la 19 y volver a casa. El ambiente estaba muy pesado y yo no quería problemas. Ya sé lo que es volver tarde a casa. El transporte es imposible. Y más aún con este problema en el centro. Pensé en caminar hasta la oficina de Lourdes y Ricardo, pero el lugar estaba completamente acordonado por los militares. Ni modo de ir hasta Bancoquia.
Jueves 7
Hoy todos hablan de lo de ayer. Y la cosa parece seguir…
Rosa Julia y Marco Tulio se encontraron después de que yo decidí irme a casa. Luego de que nos separamos él y yo, se encontraron e intentaron entrar a la Plaza de Bolívar. Rosa contó, más o menos así, lo que pasó:
“... empezamos a cruzar cercos policiales con un carnet que tenía como hija de exmilitar de la guardia presidencial y el de estudiante de comunicación... llegamos por la calle 10 hasta estar justo frente al palacio en el costado oriental... rodeados de tiras vestidos de civil... duramos un buen rato, escuchando el tiroteo... hasta que volvieron a salir algunos del palacio y sin querer se me salió de la boca “¡Almaral! ¡Está vivo!”. Entonces, dos soldados nos empujaron contra la pared, averiguaron quiénes éramos nosotros, fuimos esculcados y no sé cómo nos dejaron ir... Oíamos los tiroteos y veíamos al gentío cuando los tanques retrocedían... salí de allí derrotada, con la esperanza destrozada.”
Lo poco que se ve en la televisión respecto de lo que ocurre en el palacio de Justicia me conmueve hasta los tuétanos.
Viernes 8 de noviembre de 1985
En el auditorio de la Universidad, en el bloque C, cercano a nuestra aula de clase, en la tarde, se realizaron las honras fúnebres de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia que murieron ayer en el Palacio. Es de no creer. Las familias lo han dispuesto así. Yo solo trato de transcribir lo que vi:
El lugar estaba repleto de gente, pero hubo algún problema. Pasaba el tiempo y poco a poco iban llegando las urnas, los ataúdes o yo qué sé... La multitud se agolpaba a la entrada y nadie sabía qué hacer. Creo que hubo algún problema con los féretros. No cabían por la puerta o algo así. Dos o tres hombres intentaron entrarlos… Hubo una algarabía allí, en la puerta. Algunos estudiantes que estaban en el corrillo gritaron que impedirían la entrada al Presidente. Así estaban las cosas.
En compañía de algunos camaradas —Jose, Lilián, Martha Patricia, Marisol…—, estoy justo ahí y soy testigo de todo eso y del difícil “desembarco” de los cajones. Lilián y yo intentamos entrar al recinto. Yo estimé que era mi deber moral asistir y seguro los demás del grupo también. Esperar noticias por radio o televisión no nos parecía suficiente. Al fin, entramos y logramos un lugar en el ala izquierda del auditorio, en una de las bancas junto a otros estudiantes, de Derecho sobre todo. Afuera se quedaron Jose y Roberto. Nos preguntamos si ellos eran los que gritaban antes. No advierto a nadie de mi curso, por lo menos no cerca. La sala se va llenando. Está a tope en un momento dado. Se espera al rector, Fernando Hinestrosa, y sigue llegando gente. Entre tanto, con dificultad, van ubicando abajo los cinco cajones. Dicen que uno está vacío porque no encontraron al profesor, no sé cuál, y que es simbólico. Todos asistimos a la instalación y estamos silentes, graves. Esperamos sobre todo los féretros de Alfonso Reyes y Carlos Medellín; a Emiro Sandoval, que alguna vez nos dio un seminario de Derecho Penal. Yo no puedo evitar las lágrimas y lloro, sin ningún reato. La circunstancia no da para menos. El cuadro es desolador. Los familiares de los magistrados se reúnen en grupos y no paran de llorar. El dolor es común.
Al fin llega el rector. Es evidente que su ánimo está decaído. Tiene el rostro demacrado, triste y, ante todo, posee una actitud solemne. Muy quedo empieza a hablar. Habla del dolor, del sacrificio, de la pérdida, de la decisión del presidente, del valor de las “instituciones”… Al mencionar esta palabra siento que hay un revuelo en la puerta… creo escuchar a Jose y a otros que, como antes, profieren quejas, lamentos o no sé qué. ¡INSTITUCIONES DE MIERDA!, grita alguno. Yo intento distinguir a Jose pero la multitud me lo impide. Estoy casi seguro de que es él quien ha gritado. Su potente voz es siempre reconocible y él lo sabe. Todos lo sabemos. Solo cuando retorna la calma y el rector continúa su discurso, advierto a mi amigo que está en el umbral de la puerta, dudando si entrar o quedarse al fin fuera. Cuando el rector termina su breve intervención, vuelve el murmullo de los del umbral y los llantos y se organiza una fila para bajar a donde están los féretros y despedir a los magistrados. Yo me levanto y, como los demás, hago la fila. Con dificultad bajo la escalera y me dirijo al grupo de féretros. Quienes avanzamos lo hacemos con parsimonia, en un cortejo. Todo el mundo quiere acercarse a los cajones y avanzamos con dificultad, unos pegados a otros. Las cajas de madera —todas iguales—están ahí, abajo, cerradas. Cerradas, a excepción de una: la que contiene el cuerpo de Manuel Gaona Cruz, a la que al fin me conduce la multitud atraída por esta sobre todas las demás. Todo esto sucede muy rápido. No quiero ver, pero la fila me conduce a este féretro y termino por hacer lo que hacen los demás: observar deprisa al finado. Entonces, puedo ver más o menos la mitad del robusto cuerpo el profesor, vestido de traje negro, su cabeza con una herida y su rostro blanco con algunas esquirlas. Me pregunto por qué es el único fallecido que está a la vista del público.
Lunes 11 de noviembre de 1985. Teatro de la Universidad.
Reunirnos hoy resulta extraño. Todos estamos compungidos, y no entendemos nada de lo que ha pasado. Roberto no se ha presentado. Debe estar hecho mierda. Trabajaba con Medellín, como monitor suyo, y su muerte le debió afectar más que a cualquiera. Jorge Plata habla brevemente sobre lo sucedido. Dice algo como “este país es siempre la misma mierda”.”
II
Luego de graduarme como abogado en la Universidad Externado, en 1988, obtuve el título de Literato de la Universidad Nacional en 1994 y tuve la fortuna de ganar una beca de estudios de doctorado en Literatura en la Universidad de Salamanca por un término de tres años con el apoyo del gobierno de España.
En 1998, con el fin de culminar mis investigaciones, que tenían mucho que ver con Francia, me radiqué en París, donde me gané la vida de modos muy diversos. Entonces, por un azar del destino, tuve un amigo, Giovanni Franco, que resultó ser amigo a su vez de José Mauricio Gaona Bejarano, hijo el magistrado sacrificado en el Palacio de Justicia en noviembre de 1985. En medio de las dificultades de todo tipo que definen la vida del inmigrante, ambos compartían algunos espacios, incluida la Cité Universitaire en que yo vivía. Alguna vez nos encontramos los tres para comer en el restaurante de esa Cité.
Sin mayor conocimiento del asunto, yo le manifesté a Giovanni mi sorpresa ante el hecho de que, como él lo contó, el joven Gaona hubiese aceptado que Fernando Hinestrosa, el rector de la Universidad Externado de Colombia, apoyara sus estudios en París, pues en 1985 ese mismo rector había defendido la manera en que Belisario Betancur había dirimido lo ocurrido en el Palacio de Justicia conduciéndolo al inexorable holocausto. Con mi intuición de la época, pero también con mucha ingenuidad, le dije que para mí no era muy moral su proceder: o ignoraba el hijo lo ocurrido con el padre o pasaba simplemente por encima de eso y aprovechaba la oportunidad académica que le brindaba el Alma Mater para forjarse un futuro brillante.
En efecto, según Alfonso Reyes Alvarado y Yesid Reyes Alvarado el propio rector de la Universidad Externado, Fernando Hinestrosa Daza, “dio su aquiescencia al Presidente de la República para que ordenara las operaciones militares que terminaron con la muerte de más de un centenar de rehenes en el interior del Palacio de Justicia” (Que cese el fuego, 91).
Desde mi punto de vista, la circunstancia histórica subrayada por los hermanos Reyes revela el difícil lugar moral en que se encontraba el abogado Gaona Bejarano durante los tiempos de su formación profesional y el talante pragmático y materialista que advertí hace años y que por lo visto ha seguido su curso.
Como en otros asuntos nacionales, yo acabe por sorprenderme solo, digámoslo así, puesto que Giovani apenas se planteaba esas cuestiones morales. Con el tiempo, conociendo el mundo de la academia, llegué a pensar incluso que llegar a París y estudiar un doctorado allí no era cualquier cosa y entre gastos cotidianos y sinsabores en efecto se requerían apoyos de una u otra condición. En todo caso, olvidé el asunto. Hasta hoy cuando por distintas circunstancias el hecho cobra relevancia.
Sorprendido frente a la deriva ideológica del brillante José Mauricio Gaona Bejarano, he querido escribir este incómodo texto. Y pienso ahora en algo semejante a lo que creía en esos tiempos: los objetivos profesionales, políticos o económicos no deberían justificar actuaciones indebidas, sobre todo amparadas por la reconocida experticia jurídica. Lo ocurrido en el Palacio de Justicia en 1985 es uno de esos hechos que, desde mi punto de vista, pone a prueba principios innegociables de quienes de una u otra manera fuimos afectados por él. Valerse de eso para obtener réditos en uno u otro orden resulta deleznable.
El juicio actual del abogado Gaona Bejarano respecto de lo ocurrido en 1985 y, peor aún, sus manifestaciones de los últimos días en contra de un proyecto político de carácter progresista o, en particular, de una película realizada sobre los hechos dejan mucho que desear. Achacarle hoy toda la responsabilidad del holocausto del palacio a la guerrilla del M19 resulta por lo menos desproporcionado, sobre todo en un momento en que se insiste y se recrimina por parte de ciertas fuerzas políticas que el Presidente Gustavo Petro haya hecho parte de tal colectividad y que en tal sentido debe responder por ello.
Además de que es un hecho que Petro no participó en la toma del M19, los hechos no son tan claros como los expone Gaona Bejarano. Si entonces la guerrilla actuó de forma censurable, no lo hizo mejor el Ejército y a este se le exigía mayor responsabilidad por cuanto era la mano armada de la democracia.
La atribución de la muerte de Manuel Gaona Cruz al M19, máxime cuando José Gaona Cruz, hermano del magistrado asesinado, reconoce la responsabilidad del ejército en el crimen, hace parte de una narrativa tendenciosa. Para Gaona Cruz, su hermano salió con vida del Palacio, fue llevado al Hospital Militar y ultimado allí por una bala del ejército, lo que explicaría que su cuerpo fuera el único que pudimos ver quienes participamos de las honras fúnebres en el auditorio de la Universidad Externado el viernes 8 de noviembre de 1985.
La afirmación insistente del abogado Gaona Bejarano de que Pablo Escobar fue el más favorecido con lo que sucedió por cuanto los magistrados se habían manifestado en contra de la extradición constituye otra reducción del hecho. Escobar como los militares investigados por violación de derechos humanos pudieron verse favorecidos por la resolución de los acontecimientos. La exposición por estos días de la tesis del beneficio de Escobar con el trasfondo del Capitolio Nacional de Washington hace parte de cierta performance política con la intención evidente de provocar impacto político en quienes lo escuchan. Sobre todo cuando se piensa en el proyecto antimperialista de Gustavo Petro.
La complejidad política de la toma del Palacio y su relación con la historia de Colombia posee diversas causas y no puede servir de instrumento deliberadamente para desacreditar al Presidente.
En lo que concierne a la censura de la película Noviembre (2025), de Tomás Corredor, la demanda fue interpuesta por Ruth Marina Bejarano, viuda del magistrado, junto a sus hijos Ruth Juliana Gaona Bejarano y César Gabriel Gaona Bejarano y “reclama que en la producción el jurista aparece como “un hombre cobarde, pusilánime y un aliado de los miembros del grupo armado M-19” (El País). El hecho de que José Mauricio Gaona Bejarano haya iniciado el proceso judicial como co-accionante “en nombre y memoria de su progenitor, H. Magistrado Doctor Manuel Gaona Cruz (q.e.p.d.)” dice mucho de su talante. Con el objetivo de censurar la película, la acción del jurista corrobora su objetivo ideológico del momento y el ánimo de posicionar y posicionarse en un lugar de oposición efectiva en el campo político nacional.
En tal sentido, me identifico con estas palabras de Lucas Ospina en La silla vacía:
“Su participación [de José Mauricio Gaona Bejarano] en debates públicos —como el llamado “debate jurídico del año”— ha sido presentada con un tono que lo posiciona como defensor de la institucionalidad y crítico del gobierno de Gustavo Petro. En el plano político, Gaona se ubica en un centro-derecha institucionalista, y sus declaraciones, fuertemente opuestas a la agenda constitucional del actual gobierno, han sido instrumentales para la oposición, al punto de posicionarlo como un posible candidato a un alto cargo en la rama judicial o en un eventual gobierno de derecha.
No debe ser simple coincidencia la entrevista dada hace pocos días por Mauricio Gaona, aupada por todo el equipo de Caracol Radio, un plan autopublicitario concertado para controlar la memoria histórica del Palacio de Justicia, pescar en río revuelto electoral y despachar brevemente la película, con la anuencia del presentador Gustavo Gómez que, cuando le pregunta a su entrevistado “¿Usted qué piensa de esa película?”, lo deja responder sin hacerle, como lo ha hecho durante todo el infomercial, una sola contra pregunta: “No hay mucho que decir, realmente. No sé si se trate solo de eso, pero creo que cada noviembre aparece una narrativa distinta. Yo a eso le llamo “narrativas del olvido”. No vale ni la pena mencionarlo, la verdad””.
Como consecuencia de este proceso relativo a la película Noviembre, el juez ordenó suprimir, “en caso de considerarlo posible, la oración expresada por la Consejera de Estado representada por la actriz Aida Morales cual dice: ‘(…) Ni usted, Gaona, que es uña y mugre con estos terroristas (…)’, especialmente en punto a la afirmación presuntamente injuriosa o calumniosa de que es uña y mugre con estos terroristas”, sintetiza Ospina.
Por su parte, según El País, el director de la película Noviembre se ha manifestado de esta manera:
“Corredor ha sostenido que esta, como cualquier película histórica de ficción que se haya producido, cuenta con licencias creativas para interpretar narrativamente los sucesos reales. “En una película sobre Winston Churchill, por ejemplo, la conversación que él tenga con otro personaje en el bus nadie puede decir si eso pasó o no pasó; lo mismo en una película sobre Simón Bolívar”, ha explicado. Aunque evita hablar de censura, cuestiona que la decisión “no diferencia entre el ejercicio legítimo de la licencia dramática o tergiversar con ánimo de injuria”. Su producción, insiste, “no es un documental de hechos ni es periodístico, es una película de ficción”, y aclara que desde el principio el filme se ha presentado de esa manera”.
III
Como señalo en un artículo dedicado al presidente Belisario Betancur, lo ocurrido en el Palacio de Justicia determinó mi vida: ante todo, fundó mi escepticismo frente al Derecho y las manidas “instituciones democráticas” y me permitió forjar una imagen real de Colombia como un país dominado por gobiernos corruptos, un ejército cruel y sanguinario, grupos económicos con objetivos ajenos al bienestar de los ciudadanos, medios de comunicación sesgados y lo peor: un país doblegado a intereses materiales de los Estados Unidos que sirven de base para todo lo anterior. Al final, lo que me queda de esos tiempos es una consciencia fatal de la Política en su más cruento sentido y de la necesidad rotunda de la formación crítica de los ciudadanos para determinar con justicia el destino del país. De ahí también que en 2015 publicara un texto en homenaje a Alfonso Reyes Echandía, un ciudadano ejemplar, como Emiro Sandoval, Manuel Gaona Cruz y muchos colombianos más que apenas pueden tener las oportunidades que se merecen y con ello emprender eficazmente los cambios urgentes que se exigen en el país. La existencia de personas dotadas de un gran sentido humano de justicia, bondad y compromiso social podrían transformar en breve a Colombia, país sumido aún en el pasado estamental, la exclusión social, la impunidad y el olvido.
La actuación tendenciosa de personas como José Mauricio Gaona Bejarano que, valiéndose del reconocimiento profesional y social ajustan hechos históricos y principios jurídicos conforme a sus intereses, le hace un flaco favor a la presunta democracia. Favorece sobre todo a grupos sociales, políticos o económicos que por años han hecho lo mismo: aprovecharse del país.
Creo que una verdadera democracia debería abrirles caminos a los justos, y no eliminarlos cuando luchan por causas nobles, y, a través del arte, por ejemplo, intentan transformar el mundo. Esa es la clase de personajes que protagonizan mis novelas. De hecho, el mismo Alfonso Reyes Echandía es un personaje de Desaparición y por supuesto no quisiera que una decisión “jurídica” le impidiera aparecer en una wiskhería y afirmar: “Acaso nos quede poco tiempo…”, o que, en medio de la hecatombe, denunciando los excesos de las fuerzas armadas, manifieste: “Debieron haberlo hecho, debieron denunciar. Las pruebas se hubieran podido recolectar durante el proceso. Era peligroso, claro, pero hubiera sido un buen precedente. Ahora vemos lo que ha pasado, ahora vemos hasta dónde…”.
Trabajos citados
Ana Cristina Restrepo. Entrevista. “José Gaona Cruz, hermano del magistrado Manuel Gaona, habla sobre la toma al Palacio de Justicia”. https://www.youtube.com/watch?v=UYmkM61K980
El País. Sebastián Forero. “Un juez ordena eliminar un diálogo de la película ‘Noviembre’, sobre el Palacio de Justicia”. 23 oct. 2025. https://elpais.com/america-colombia/2025-10-23/un-juez-ordena-eliminar-un-dialogo-de-la-pelicula-noviembre-sobre-el-palacio-de-justicia.html
El Tiempo. “J. Mauricio Gaona sobre asesinato de su padre hace 40 años e investigaciones del Palacio de Justicia”. 3 nov 2025. https://www.youtube.com/watch?v=uxFBOadZB_U
Alfonso Reyes Alvarado y Yesid Reyes Alvarado. Que cese el fuego. Homenaje a Alfonso Reyes Echandía. Medellín: Sílaba, 2010.
Lucas Ospina. “Arte y Palacio de Justicia: la censura a la película Noviembre”. octubre 25, 2025. https://www.lasillavacia.com/opinion/arte-y-palacio-de-justicia-la-censura-a-la-pelicula-noviembre/