La soledad de Colombia

El título “Cien años de soledad resume una sensación colombiana de desamparo trascendental, de abandono, de aislamiento, y define nuestra situación histórica como ciudadanos de este país, abandonado de un Occidente ajeno y de una América Latina que le resulta extraña.

I.

Hasta hace muy poco comprendí en mi campo simbólico personal el sentido del título de la novela Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez, que por años me inquietó. No me satisfacía pensar que este último párrafo, cuando Aureliano Babilonia “acaba de descifrar los pergaminos” de Melquiades, fuera lo que lo justificara eso de la soledad permanente de este país:

Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que… todo lo escrito en ellos (los pergaminos) era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían ninguna oportunidad sobre la tierra (subrayado mío 351).

Aunque la novela entera me había impactado sobremanera, por considerarla pieza fundamental para la comprensión de mi identidad y mi cultura colombianas; por hablar de una familia que era mi familia, unos hombres y mujeres que éramos los hombres y mujeres colombianos y un dolor que era el mío; esta resolución y el título mismo siempre me habían supuesto una especie de acertijo, un secreto que no lograba comprender en toda su dimensión, como los pergaminos de Melquiades. ¿Por qué Gabriel García Márquez había nombrado así su epopeya fundamental de la familia Buendía?, ¿por qué la importancia de ese gran tema de la soledad para definirnos? y ¿por qué la soledad en el contexto de una familia como la colombiana que puede ser la imagen de la solidaridad y la compañía?

Hoy, luego de 48 años de su publicación (curiosamente mi edad misma), yo, uno de los Buendía de Colombia, me aventuro a establecer una hipótesis: el título “Cien años de soledad resume una sensación colombiana de desamparo trascendental, de abandono, de aislamiento, y define nuestra situación histórica como ciudadanos de este país, abandonado de un Occidente ajeno y de una América Latina que le resulta extraña.

II.

La idea de entender de este modo el título de la obra cumbre de la literatura colombiana me vino hace pocos días como consecuencia del discurso de mi colega, el escritor Pablo Montoya Campuzano, en el acto de recepción del Premio Rómulo Gallegos con que fue galardonado en Venezuela. Dice él:

… en Colombia hemos sido gobernados por una clase política voraz y corrupta. A la cual ha respondido una subversión frenética y errática. Y entre ellas, o al lado de ellas, o producto de ellas, porque desde la Colonia hemos sido un territorio sometido por el contrabando y la rapiña, se ha instalado el narcotráfico. Y de esta confabulación han surgido las bestias del paramilitarismo y las bandas criminales. Nuestra geografía se ha llenado de muchedumbres que huyen porque implacablemente se les ha despojado no solo de sus seres queridos, sino de la tierra, el paisaje y hasta de la lengua misma. Esta última, la morada que amamos y que es la que nos convoca en este momento bajo la figura tutelar del escritor Rómulo Gallegos, también ha sido reducida a condiciones grotescas. A veces he pensado que a Borges, quien escribió una historia universal de la infamia, le faltó para que su compendio fuera más cabal referirse a las coordenadas colombianas. Con todo, la sociedad civil ha enfrentado esta coyuntura aniquiladora en medio de la impotencia, la indiferencia y la resistencia. Y es difícil entender cómo hemos tenido fuerzas para amar, para reír y asombrarnos ante la vida que surge desbordante e imparable ("El discurso de Pablo Montoya..." párr. 6).

Esta idea de una Colombia como parte esencial de la historia universal de la infamia estaba ya en Vicente Rojas Lizcano, a. Biófilo Panclasta, nuestro viejo anarquista, vilmente olvidado y duramente vilipendiado durante los primeros años del siglo XX.

En las palabras de este rebelde alucinado de Chinácota, Norte de Santander, se entiende la tenue línea libertaria de nuestra historia que pese a todos los sacrificios no logra cuajar en la sociedad. Así, en 1911 decía Panclasta: “Un Estado como en el que yo me encuentro es el peor enemigo que uno puede tener. ... Los colombianos somos en otra tierra parias del derecho”. Se lo dijo al presidente Olaya Herrera, por allá en el año treinta, cuando creyó que algo podía hacerse por los emigrantes de este pueblo perdido, sin respuesta alguna por parte de aquel. “Porque en Colombia se me niega hasta el talego del mendigo y el bastón del peregrino. … Colombia no ha sido para mí madre sino madrastra. Para mí, es una sima agónica, de donde ni siquiera puedo salir para realizar el entristeciente pensamiento de Bolívar: 'Aquí lo mejor es emigrar'”, le escribía al presidente Alfonso López Pumarejo en Bogotá, el 13 de noviembre de 1936.

Esas parecerían también las palabras actuales de un profesor como Miguel Ángel Beltrán, agobiado por la persecución de un sistema que quiere y parece haber logrado su caída. Pero, no. Eran las palabras de un anarquista sin sitio alguno en su propia sociedad dominada por camarillas de conservadores y liberales sin espacio alguno para otra opción, siquiera crítica.

La identidad entre las palabras de Montoya, las de Panclasta y lo que advierte García Márquez en su novela me parece una obviedad. Y no es la única.

En otro lugar distante, tanto desde el punto de vista geográfico como ideológico o religioso,  esta idea de soledad, de desamparo, está en la voz de la Madre Laura Montoya, tan celebrada en los últimos tiempos por haber recibido de la Iglesia católica nada menos que la canonización el 12 de mayo de 2013. En su Autobiografía, al hablar de su regreso de Roma, la monja advierte:

Tampoco experimenté lo que las hermanas experimentaron al pisar tierra colombiana, después de ese tiempo de ausencia. Allí, contemplando la alegría de ellas, sí que me convencí de que no tengo patria y que sólo el dolor reina en mi alma, a pesar de mi constante alegría. ¿Qué fue Europa para mí? ¿Y qué fue llegar a Colombia? ¡Puro destierro! ¡Puro dolor! Tierras grandes y tierras chicas; tierras que llaman bonitas y tierras que nombran feas, ¿qué son para mi alma?

¡Destierro y sólo destierro! ¿Qué más da a mi alma el estar en la tierra en donde nací o en las que no me vieron nacer? ¡Nada, absolutamente nada!

¡En donde quiera reina el pecado y sus estragos se ven en donde quiera!

¡Oh! Si yo encontrara un lugar en donde se amara a Dios y no se le ofendiera, quizás ese sitio se ganaría mi corazón; pero, Señor de mi vida, si este sitio no está sobre la tierra, ¿cómo no he de suspirar por el cielo que guarda a todos tus amadores y en donde nadie te ofende?

No tuve, pues, la más leve alegría al llegar a Colombia ni al encontrar a los míos; me refiero a la alegría del alma, pues eso que llaman gusto, claro que sí lo tuve al ver a los que nos fueron a encontrar. Que me perdonen los que esto lean si les parecen escandalosas mis frases acerca del patriotismo (1176-1177).

Las palabras de esta monja perseguida por el clero oficial revelan en su humildad y descarnamiento todo un sistema de exclusiones y definiciones de una Colombia profundamente sola en su injusticia. La madre Laura venía de Europa, donde había verificado la fatal circunstancia de todo un gremio que le había obstaculizado su solicitud de conformar una comunidad para proteger a los pueblos indígenas, que hasta entonces no contaban con solidaridad alguna.

Si hay alguien solo en este país es el indígena, y la madre Laura lo comprendió. A diferencia de los altos jerarcas de la Iglesia colombiana, ella asumió esa tarea de defender las minorías indígenas. Algo así como la intención de Biófilo Panclasta respecto de los olvidados y desheredados de principios del siglo XX. Una quijotada.

Tanto Montoya y Panclasta como la madre Laura constituyen para mí voces autorizadas de todo un colectivo enmudecido por años, un pueblo acallado y solitario que, como he dicho antes, encarna hoy por hoy en personas como el profesor Miguel Ángel Beltrán. Un profesor que ha sentido el peso del sistema y que no cuenta más que con su convicción interior, con la certeza de su soledad, para defenderse en medio de los segundos cien años de soledad que vivimos los colombianos.

Pero, luego de todo esto, más impactante me resulta ahora que tales ideas, tales exclusiones, con tal antigüedad y vigencia; tales percepciones de soledad se repiten terriblemente en la voz de un muchacho homosexual de Bogotá, Sergio Urrego, que, como consecuencia del bullying del que fue víctima se suicidó el 4 de agosto de 2014:

A mis 15 años comienzo a desligarme de cualquier tipo de patriotismo e inclusive amoldo sentimientos de odio y recelo contra un país de gente mediocre, descarada y pobre (mentalmente) al cual han fundado con el nombre de 'Colombia'. Un país que no es sino el reflejo de una educación paupérrima y de siglos y siglos de letargo auspiciado por el Estado, los diferentes gobiernos, la Iglesia y demás opios del pueblo (“El proyecto de vida de Sergio Urrego” párr. 15).

La educación paupérrima y el letargo auspiciado por el Estado y demás instituciones eran también los objetos de inquina de Panclasta. Los temas de interés de la Madre Laura y, hoy por hoy, de académicos contemporáneos como Pablo Montoya, Miguel Ángel Beltrán y yo, profesores universitarios que quisiéramos otra Colombia, fraterna, solidaria, civilizada, que parece tan lejos de existir. Otra Colombia que es acaso una región espiritual inconquistable.

Estos juicios de personas tan disímiles, y de tiempos y contextos colombianos tan diferentes, digo, me llevaron a pensar entonces en la razón del título de García Márquez para su novela Cien años de soledad.

Cuarenta y ocho años después de esta novela, advierto que ya son muchos más esos años de soledad que yo mismo como colombiano siento: ya deben ir, por lo menos, en unos 150, y que, por lo que veo, se extenderán a 200, o acaso más si tomamos en cuenta la manera en que el sistema se encarga de repetir, como en la novela de García Márquez, la estupidez y la injusticia de una manera atávica. Esa es la Colombia infame que se ensañó contra la Unión Patriótica, fuerza de Izquierda que resultó diezmada en unos cuantos años de intolerancia y eliminación. Una fuerza que estaba sola, sin el apoyo de una gran Izquierda, posicionada en el poder en buena parte de los países europeos o latinoamericanos durante los años ochenta y noventa de ese odioso siglo XX. Melquiades lo consigna en sus pergaminos y cada uno de nosotros, los colombianos, lo hacemos en nuestra propia vida. El incesto, la promiscuidad, el giro en sí mismo, el aislamiento, el onanismo, todas esas situaciones primitivas que se sintetizan en la cola de cerdo de la novela de García Márquez permanecen como las pautas mismas de la organización social de mi país. Esta es su soledad.

“Nuestra soledad tiene las mismas raíces que el sentimiento religioso”, dice Octavio Paz al definir la soledad del mexicano. “Es una orfandad, una oscura conciencia de que hemos sido arrancados del Todo y una ardiente búsqueda: una fuga y un regreso, tentativa por establecer los lazos que nos unían a la creación” (23). Lo de Colombia se le parece pero no es lo mismo.

III.

Colombia está aislada desde hace más de cien años. A veces pienso que desde su “independencia”, pero no quiero ser injusto con aquellos que lucharon y se opusieron al dominio de los privilegiados en algunos momentos de su historia. En los verdaderos “adelantados” de los siglos XVIII y XIX; los indígenas que preferían el suicidio a la indignidad de someterse; algunos grupos mestizos, comuneros o femeninos, que buscaban transformaciones sociales profundas y reales. Biófilo Panclasta no era el único de su naturaleza. Quienes luchan hoy por cambios que resultan más que nunca utopías ofrezco mi reconocimiento. Ellos fueron y son brotes de dignidad. Lo demás, lamento decirlo, me parece árido, “infame”, para utilizar los términos de Montoya. Historia de élite y dominados. Muestras de un Estado fundado para la exclusión y, por lo tanto, la soledad.

Justamente hace poco un escritor argentino, en Gijón, en la Semana Negra, me dijo que hoy por hoy Colombia es la Israel de América Latina: armada hasta los dientes solo tiene un amigo en el Norte que es como esos amigos que lo son mientras uno le haga el trabajo sucio. Algo así como los aliados de El Padrino en la novela de Mario Puzo.

Colombia, o mejor sus políticos, que desde mi punto de vista se diferencian bien poco de aquellos del siglo XIX y principios del XX (de hecho son sus descendientes), no han hecho gran cosa para construir la amistad y la solidaridad internas, y ni siquiera con sus pueblos más cercanos. Por el contrario, en estos años ha emprendido guerras contra sus vecinos: con Panamá (que aprovechó su aliado del Norte), o con Ecuador y Perú, a quienes subestima permanentemente. Incluso con la Argentina, que está bien lejos, tuvo sus encuentros armados en 1864 y durante el gobierno de los Kirchner le provocó su agrio rechazo.

Colombia ha alimentado constantes “diferendos” (¡vaya palabra acuñada por su oligarquía para definir la situación!) con su país dizque “hermano” (otro eufemismo), Venezuela, de quien se hace amigo a veces por puro pragmatismo comercial. Desconoce del todo al Brasil, en el sur, de quien apenas le interesa el fútbol o la samba; denigra permanentemente de Nicaragua, aduciendo que le roba lo que es suyo; y no tiene ni idea de lo que sucede en El Salvador, Guatemala o Costa Rica, pues ni siquiera hay vuelos de Bogotá hacia esos países que no exijan pasar, justamente, por Estados Unidos o, en le mejor de los casos, por Panamá. Hasta ese punto ha caído el lacayo.

En general, Colombia como país desconoce lo que sucede en otros países de su región. Incluso los grandes e hispanos. México, Chile o Argentina, apenas le importan. En sus noticieros jamás se habla de gobiernos y acciones sociales que resulten incómodos para su programa de Estado, es decir, para la visión de la derecha y la extrema derecha colombiana (que se parecen mucho y definen a buena parte de la población). Incluso, poco se interesa Colombia por los países que se le hermanan ideológicamente; de ellos, sabe apenas datos telenovelescos como en el caso de Peña Nieto y su hermosa esposa, que en general “va bien vestida”. La desaparición de los estudiantes en Ayotzinapa apenas conmovió a los colombianos y la noticia se olvidó pronto en medio de los reportes de las fuerzas armadas respecto de su acción justiciera en las calles de Medellín o Bogotá. Lo interno, se cree, exige toda nuestra atención. Poco espacio hay para el otro. Como en la Edad Media, apenas se sabe de la ciudad vecina, de la región limítrofe, y si eso no es así, lo es por puro interés comercial o militar.

El caso del sur me resulta paradigmático para sustentar mi tesis de los cien años de soledad colombianos. Desde siempre, Colombia ha estado al margen de lo que sucede en el sur. Al margen de Andrés Bello, que salió huyendo del norte del sur a Chile; de la discusión entre civilización o barbarie del siglo XIX (¡eso no le competía!); de las vanguardias literarias del siglo XX (tampoco) o acaso de escritores de élites progresistas de Colombia (ínfima esta) que hablan de Borges y Cortázar, por mencionar algunos ejemplos en el campo de la literatura. Nada le importa. De hecho, para su “intelligentzia” política, la cultura y aquí la literatura representan algo así como un adorno del que se puede prescindir en cualquier momento, un florero colorido, un cenicero de cristal o algo parecido. Ahí están los presupuestos para la universidad pública para demostrarlo. Mientras la educación privada, que es un negocio, funciona (sobre todo para sus dueños), a pocos de aquellos técnicos de la cultura les interesa hablar de Ilustración o, apenas, de formación pública profesional para todos. La educación paupérrima a la que se refería Sergio hace unos días garantiza la permanencia del statu quo, como lo denuncia hace años la voz solitaria del senador Jorge Enrique Robledo del Polo Democrático Alternativo (lo que queda de la Izquierda) en un Congreso infestado de corruptos.

En 1990 apenas se registró la caída de Pinochet. A los medios les importaba poco la noticia. Una dictadura era… comprensible, según se puede registrar en los periódicos de la época, y muchos esgrimen todavía que gracias al sátrapa se desarrolló el país y se preparó el terreno para lo que es hoy un poderoso del capitalismo. Como al hablar de la caída de Franco o de Stroessner, que yo apenas oí mencionar en su momento. Si uno le pregunta al colombiano promedio sobre alguna de estas “figuras”, difícilmente le responderá algo sensato, algo que valga la pena replicar. En el mejor de los casos dirá que fueron presidentes de sus repúblicas, de las que seguro no sabrán ni sus nombres. Así pasa en Colombia. Se vive en un autismo que le duele a la inteligencia, un aislamiento que es verdaderamente soledad y, para mí, onanismo. El “dulce caos”, dice otro colega y amigo, Juan Guillermo Gómez, en la Universidad donde trabajamos. Así, a quienes les importa en algo la cultura, la organización social, la verdadera política, los medios los bombardean con cuestiones locales que aparentan ser importantísimas (el bebé de Shakira, los viajes de Juanes y la rodilla de Falcao incluidos). Información sobre candidatos presidenciales o congresistas, el valor del euro o las soluciones a la movilidad (que literalmente es pérfida, pues con la quietud se garantiza el statu quo arcaico de cien años de soledad) atiborran los periódicos, incluso los pocos respetables.

La soledad de Colombia es extrema, los cien años y más de soledad son aterradores, como aterradores sus desaparecidos (más de los que suman todas las dictaduras del Sur unidas), sus millones de desplazados que, como en la novela La multitud errante de Laura Restrepo, caminan por montones sin destino alguno y sin importarle a nadie. Como los más de ocho millones de emigrantes que día a día se deben buscar la vida en el exterior (el “rebusque” lo llamamos aquí, en la oscuridad de nuestro país) o las familias de los más de seis mil ejecutados, óigase bien, ejecutados por las admiradas fuerzas armadas del país, que deben luchar contra la revictimización y el olvido generalizado. Muchas de estas familias apenas saben que hoy en Argentina hay procesos en contra de militares que desaparecieron a unas 30.000 personas en la dictadura de hace más de cuarenta años.

La soledad de Colombia es, en fin, mi soledad. Como la del profesor Beltrán. Hablando de lo que nadie habla, denunciando lo que nadie denuncia.

IV.

Miguel Ángel Beltrán, que tanto he mencionado, era profesor de la Universidad Nacional de Colombia y fue condenado a 100 meses de prisión por el delito de Rebelión. Vinculado con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, fue destituido de su cargo e inhabilitado por 13 años para ejercer cargos públicos. ¿Las pruebas? Archivos del computador del jefe guerrillero Luis Édgar Devia Silva, a. Raúl Reyes, “abatido” el 2 de marzo de 2008 en la frontera entre Colombia y Ecuador por las mismas fuerzas armadas de las ejecuciones extrajudiciales que invadieron Ecuador cuando el hoy presidente Juan Manuel Santos fungía como Ministro de Defensa del sátrapa nacional. De nada sirvió que la Corte Suprema de Justicia hubiera considerado antes, respecto de la tal USB del computador de Reyes, que no se había respetado la cadena de custodia durante la operación militar. Así sintetiza el periódico El Espectador el 18 de diciembre de 2014 el inicio de la persecución:

La investigación disciplinaria contra el docente inició en septiembre de 2011, cuando la Procuraduría General le formuló pliego de cargos por su presunta responsabilidad en labores de auspicio y colaboración con la guerrilla de las Farc.

En dicho documento el órgano de control disciplinario consideró que Beltrán “escribió documentos oficiales” para el grupo guerrillero y le colaboró con la presentación de escritos de tinte “revolucionario”, así como con divulgar este pensamiento en eventos internacionales ("Tribunal superior..." párr. 7 y 8).

Como Beltrán, yo me siento solo, como solos se quedan los muertos en los poemas de mi tocayo Gustavo Adolfo Bécquer. Aquellos pocos que han hablado, aquellos que han denunciado la locura en el mundo de la soledad, han tenido que “movilizarse”, desplazarse, emigrar, desaparecer, asegurando que este país permanezca en su sempiterna dinámica del aislamiento silencioso. Si no lo hacen, caen. Una cola de cerdo nos sale a todos en casa, pero de eso no se habla, y quien se atreve a decirlo sufre las consecuencias. Así son las cosas en mi “tierra del olvido”.   

 

Textos citados

García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad. Buenos Aires: Sudamericana, 1968.

Discurso de Pablo Montoya al recibir el Premio Rómulo Gallegos. El Universal. Caracas, lunes 3 de agosto de 2015. Disponible en:

http://www.eluniversal.com/arte-y-entretenimiento/150803/el-discurso-de-pablo-montoya-al-recibir-el-premio-romulo-gallegos

“Tribunal Superior condenó por rebelión al profesor Miguel Ángel Beltrán”. En El Espectador, 18 de diciembre de 2014. Disponible en:

http://www.elespectador.com/noticias/judicial/tribunal-superior-condeno-rebelion-al-profesor-miguel-a-articulo-533963

“El proyecto de vida de Sergio Urrego”. En El Espectador, 8 de agosto de 2015. Disponible en: http://www.elespectador.com/noticias/bogota/el-proyecto-de-vida-de-sergio-urrego-articulo-577859.

Beata Laura Montoya Upegui. Autobiografía o “Historia de las misericordias de Dios en un alma”. Medellín: Bodout, 2008.

Colectivo Alas de Xué. Biófilo Panclasta. El eterno prisionero. Bogotá: Codice, 1992.

 @GustavoForeroQ / gustavo.forero@udea.edu.co

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