Forero, Gustavo. "Pentágono". En El crimen tiene quien le escriba, Ramon Díaz Eterovic, comp. Los lectores de esta compilación conocerán historias protagonizadas por personajes que siguen las huellas de los detectives legendarios del género, y también otras, más próximas al relato negro, donde los protagonistas son seres marginales, delincuentes en algunos casos, que a través de sus vivencias nos revelan distintos aspectos de las sociedades que habitan. Algunos de los cuentos siguen un estilo clásico, otros recrean los códigos de la novela negra y los hay también que son innovadores respecto a las formas de abordar la narrativa criminal. En todos los casos, los lectores encontrarán cuentos atractivos y una imagen de los territorios por los que se mueve la narrativa criminal latinoamericana.

Forero, Gustavo. "Pentágono". En El crimen tiene quien le escriba, Ramon Díaz Eterovic, comp.

Los lectores de esta compilación conocerán historias protagonizadas por personajes que siguen las huellas de los detectives legendarios del género, y también otras, más próximas al relato negro, donde los protagonistas son seres marginales, delincuentes en algunos casos, que a través de sus vivencias nos revelan distintos aspectos de las sociedades que habitan. Algunos de los cuentos siguen un estilo clásico, otros recrean los códigos de la novela negra y los hay también que son innovadores respecto a las formas de abordar la narrativa criminal. En todos los casos, los lectores encontrarán cuentos atractivos y una imagen de los territorios por los que se mueve la narrativa criminal latinoamericana.

 

Pentágono

 

Cinco. Trabajaron juntos. Sus movimientos fueron exactos, sin emoción, automáticos. Hablaron poco: en lugar de palabras les bastó una mirada, una media sonrisa o el temblor de sus labios. Ese día, curiosamente, todos iban de blanco.

 

No sé si los Cinco contaban con los antecedentes de su último cliente. Tampoco sé si de haberlos sabido los hechos hubieran sido distintos. Tal vez soy iluso, pero un sentimiento podría haber marcado la diferencia entre ellos y este hombre que ahora está alucinando.

 

Ese día teníamos cita con los distribuidores del centro de la ciudad. Madrugamos previendo el atasco y la urgencia del encargo. Ofrecí mi automóvil, pues sabía que Beto no tenía en qué caerse muerto. Mi plan: recogerlo y conducir a toda prisa por la circunvalar. Sin embargo, al llegar a su casa, comprendí lo estúpido del ofrecimiento. Una sed insufrible y un profundo letargo me recordaron que fijar planes no estaba dentro de mis posibilidades. Necesitaba insulina ya, pero sabía que no debíamos detenernos. Me bajé malamente del coche y le di las llaves a Beto. Él, servicial al extremo, no dudó un segundo en tomar el volante. Creo que ni siquiera se dio cuenta de mi malestar, adoraba conducir ese viejo trasto: apretar el acelerador y chirriar los neumáticos, decía, lo hacía sentir como Philip Marlowe. Un absurdo mayúsculo, pero con Beto no valía la pena entrar en detalles de buenos y malos. Él solo pensaba en conducir el auto (que no era un Buick reluciente sino un Chevrolet destartalado) y tener a una chica guapa y rubia a su lado. A mí, en cambio, llevar el volante me importaba un rábano. Prefería otras emociones, a pesar de que el azúcar se empeñara en no dejármelas gozar. Su fantasía, en definitiva, me tenía sin cuidado. Necesitaba llegar al centro sin dilación. No más.

 

Tomamos la circunvalar. Un aguacero ralentizaba las calles, pero Beto hizo giros, pidió la vía con la mano y asomó peligrosamente la nariz del coche en más de una ocasión para no retrasarnos. Yo me enteraba de todo a pesar de mi estado. Tenía tan claro como él que ese día teníamos que concretar el negocio: mis deudas apenas me dejaban respirar y Beto, un muerto de hambre en toda regla, necesitaba literalmente dinero para comer, “lo demás son lujos”, repetía.

 

A medio camino nos topamos con un embotellamiento. Una cuadrilla de Los Gatos había asaltado un vehículo de Valores y en el enfrentamiento había caído uno de ellos. Había confusión total, pero no por el muerto —en este país importa una mierda su identidad—, sino por el retraso que significaba el hecho en la rutina de cada uno de los que estábamos atascados. “Cosa de todos los días”, dijo Beto. “Uno debe arriesgar un huevo si quiere una gallina”. Nada de jueces ni levantamientos. Los guardas del tránsito recogieron los coches en una grúa y reactivaron la circulación gracias a la coima que víctimas o criminales pagamos. De ellos dependía aligerar el paso; de nosotros, mantener lubricado el sistema, que, corrupto pero eficaz, funcionaba como un reloj suizo.

 

Compensamos el retraso con la prisa de los que llegaban tarde al trabajo. Una vez recuperado el ritmo, apenas si hablamos. Recuerdo que me adormilé oyéndole decir tonterías a Beto sobre camisas blancas y una francesita llamada Wilma. Entreveía el babydoll y evocaba las palabras de la gala: “No debes confiar en nadie que te pase la pomada”. ¿Qué habrá querido decir?, me pregunté como un idiota entonces.

 

Pasaron no sé cuántos minutos. Me despertó el rugido de un autobús destartalado que pasó a pocos metros.

—Discúlpame, viejo. El azúcar no me deja. Debo inyectarme —dije despertando.

— No importa, jefe.

 

El calor  y el malestar empezaban a agobiarme. Me quité la chaqueta y la dejé en la silla de atrás. Mecido por la brisa, caí de nuevo en un profundo sopor.

 

Wilma camina con su babydoll blanco por un campo verde. Su cabello es casi del color de su piel y ondea con el viento. Se ve más alta y delgada desde lejos. Varios hombres le ofrecen sus camisas, pero solo recibe la que extiendo en una de mis manos.

 

— Casi llegamos. ¿Trajo las muestras?

— Dos bolsas. Están en mi chaqueta.

— Perfecto.

 

Cuando íbamos donde estos clientes, dejábamos el automóvil en la esquina de la calle 40 con carrera Séptima. Un gamín cuidaba los vehículos y luego cobraba su parte por vigilar. Una vacuna —como la llamaban los usuarios del servicio—, una más de las que nos cobran a diario. “Todos lo hacen”, pensé. “Cobrar lo suyo hace parte del sistema”. Cada uno necesita su cuota y la pelea sin templanza. ¡Sálvese quien pueda! Ese día, gracias al desechable —como también les dicen a estos vigilantes—, encontramos un espacio libre. Beto no dijo ni gracias. Bufó un rápido saludo o una amenaza, no percibí la diferencia. Cerró el coche, guardó las llaves en el bolsillo y me ayudó a poner la chaqueta que él mismo había tomado del asiento trasero.

 

Caminamos media cuadra hacia nuestro objetivo. Tocamos el timbre de la casa y empujamos la reja del portón una vez el ruido del sistema nos anunció que podíamos entrar. El interior del edificio estaba muy oscuro a esa hora del día. Era un socavón de los años setenta sin ventanas por ninguna parte. Nosotros parecíamos los únicos vivientes en el lugar y, por mi parte, más muriente que el pobre desechable del parking. Subimos las escaleras despacio y en silencio. El pasamanos estaba helado. No sé porqué, entonces, recordé de nuevo las palabras de Wilma: “No debes confiar en nadie que te pase la pomada”.

 

Cuidábamos cada una de nuestros pasos mientras avanzábamos. Al igual que lo exige el sistema, pienso ahora, no hacíamos ningún ruido al pasar por el zaguán.

 

Subimos las escaleras y llegamos finalmente a La Oficina. Tocamos la puerta y el golpe provocó un eco sordo en todo el edificio. Un jovencito muy delgado, de estatura media, abrió en el acto la puerta y desapareció: tomó su morral y se dirigió raudo a las escaleras. Su trabajo debía tener, pensé. Adentro vimos a los White, los dos hombres de siempre, sentados frente a una mesa. Fumaban y se atropellaban uno a otro palabras en lo que parecía ser una discusión. Ambos tenían camisas muy blancas. El viejo sabía perfectamente de su negocio y el joven, Jeremías, posaba de sabelotodo. Hablaban de la confianza. Fue Jeremías quien interrumpió de golpe la conversación. Se puso de pie, extendió su brazo derecho para saludarnos y para indicarnos dónde sentarnos. Parecía un robot. Después no recuerdo bien quién habló ni qué dijo primero. Para mí el encuentro era la repetición mecánica de otros: dábamos detalles de la cosecha, mostrábamos el producto, acordábamos un precio y una fecha de entrega y recibíamos un primer anticipo en billetes de baja denominación. En esta oportunidad daba igual si hablaba Beto o lo hacía yo. Con el arrobo del azúcar, dejé que mi socio se hiciera cargo. De unos días para acá se desenvolvía con soltura y en ese momento yo confiaba más en él que en mis propias facultades. Además, pensé, así las cosas sucederían más rápido.

 

Precisaron detalles y fijaron las condiciones. Cuando Jeremías lo solicitó, me dispuse a sacar del bolsillo de mi chaqueta las dos muestras. Él ya tenía el dinero en la mano. De repente, una tonada de música salsa nos interrumpió. Tronaba a todo volumen, sin sosiego. El hombre viejo corrió presuroso hacia la mesa. Buscaba el teléfono. Jeremías se quedó mirándome y yo me quedé con la mano en el bolsillo mirando al viejo, que sin abandonar el puro de su mano trataba de contestar el aparato. Beto dirigió su mirada a mi bolsillo y musitó un quejido apurándome a terminar. “No debes confiar en nadie que te pase la pomada”, repicaba la voz de Wilma al ritmo de la salsa en mi cabeza. Entonces el viejo logró contestar y dejó el tabaco en un plato de sopa que había en la mesa. Se levantó como el gigante que era y se fue junto a la ventana. Empezó a hablar con una voz de ultratumba que ahora me produce escalofríos. Lo hizo con monosílabos, “sí”, “no”, “sí”, no,“okey”. Un soliloquio. Beto lo miraba impaciente. ¿Jeremías? No sé. He intentado recordar si alguno de ellos hizo algún gesto delator o si ocurrió algo más en el salón, pero no doy con nada que me aclare. Lo único que recuerdo es esa llamada, que sin duda debió tener a uno de los Cinco al otro lado de la línea.

 

Hicimos el cambio. Cuando íbamos bajando las escaleras, guardé el dinero en el bolsillo interno de la chaqueta. Beto caminaba pegado a mis talones, casi empujándome. No nos dijimos nada. Abrimos la maldita puerta y caminamos rumbo al coche. Ya el negocio parecía terminado y, como Beto, yo también quería salir cuanto antes de ahí. El frío se me estaba metiendo entre las piernas. Entonces, como una aparición sublime, vi una farmacia, Le pedí Beto que se adelantara y encendiera el coche mientras iba por mi inyección. Una simple ampolleta de insulina bastaba. Mi socio ni siquiera detuvo el paso. Me hizo un gesto con la mano y siguió caminando. Parecía tranquilo. Yo me arrastré lo más dignamente que pude hasta la farmacia, entré y pedí la insulina y una jeringa al chico de la vitrina. El muchacho me cobró el precio correspondiente. Una vez le pagué, le pedí el servicio de “Inyectología”: el pulso no me daba para aplicarme yo mismo la maldita droga. Él mismo me señaló un cubículo minúsculo en un rincón, con una camilla al lado de un estante de medicamentos. Con dificultad lo seguí hasta el cuartillo. Me bajé los pantalones y me dispuse para el sacrificio. Odiaba que otros me inyectaran en la barriga. Me sentía viejo, fofo. Reservaba esa humillación para mí mismo. Cuando eran otros, prefería que me pusieran el líquido ese en el muslo.

 

El joven sacó la ampolleta de una nevera pequeña, le enterró la aguja al plástico de la tapa y vino hacia mí armado con su jeringa. No me miraba. Tenía la vista fija en la aguja y en el líquido que salía a borbotones. Sin duda tenía prisa. Se acercó, me miró y le señalé el muslo con el mentón. Muy rápido sentí el pinchazo. La insulina empezó a penetrar mis carnes mientras mi cerebro celebraba con asociaciones que reunían en un solo campo a Wilma, Beto, el joven y el viejo White y las dos bolsas plásticas del trato.

 

Entonces se oyeron detonaciones. Dos, secas y sordas, como ocurre a menudo en esta clase de encuentros mafiosos con la muerte. Gritos, cuerpos presurosos. Y ya. Si no es por el sobresalto del muchacho, que soltó la jeringa aún clavada en mi muslo, no me habría percatado de que algo estaba pasando.

 

El inyectólogo salió huyendo del cubículo y antes de que yo alcanzara a asomar la cabeza para ver lo que pasaba uno de los Cinco, el pequeño que nos había abierto la puerta, llegó corriendo al establecimiento. Estaba armado y buscaba a alguien. Yo me quité la jeringa de encima y me quedé mirando qué hacía a través del reflejo de uno de los estantes del lugar. El farmaceuta se había acurrucado temblando debajo de la caja registradora, en el mostrador. El hampón, a pesar de su esfuerzo, no lograba ver hacia adentro. Si hubiera estado acostado en la camilla me habría encontrado. Yo estaba tieso. Pensé que los otros dos se estarían moviendo igual por los alrededores y que lo mejor era esperar donde estaba, en silencio.

 

***

 

Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña

como veía que resistía fue a llamar a otro elefante.

 

Dos elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña

como veían que resistía fueron a llamar a otro elefante…

 

***

 

Supongo que había curiosos y testigos merodeando por el lugar, pero los Cinco sabían que en un instante se irían, evitando un interrogatorio que les pusiera partida de defunción en el cuello. Un cuerpo tendido en el piso era cosa de todos los días, solo había que hacer como si no se hubiera visto nada, alejarse del lugar. Ya vendrían los del tránsito a recoger el cadáver y permitir el libre desplazamiento en el centro. El sistema era un mecanismo muy bien engrasado que nunca dejaba de funcionar.

 

Esperé unos minutos. Sin moros en la costa, salí presuroso de la farmacia. Pegado a las paredes de los edificios aledaños, avancé hasta la esquina de la calle. El jovencito de los White se había apostado junto a mi auto. La gente, mirando al piso, se arremolinaba a su lado. Entendí que era hora de huir. No me detuve a indagar. Me alejé presuroso. Caminé un par de cuadras. Tomé un taxi y le pedí al tipo que lo conducía que saliéramos en “Dirección norte”. No recuerdo qué musité cuando comentó algo sobre la inseguridad.

 

Al llegar, Wilma abrió la puerta. Me abrazó sorprendida, pero yo apenas musité palabra. Caminé hacia el cuarto y caí sobre la cama como una piedra.

 

Las cadenas, dicen, tienen un rulo débil. Recordé esto cuando vi la cara de Beto. Wilma lo había llamado. Había venido lleno de provisiones y las había dejado sobre la mesa. “¡Voilà! Lo necesitarás”, dijo ella con su sensual erre. “El desechable fue el que cayó, jefe”, resopló el chapo con sus siete vidas. Caí dormido de nuevo en un profundo sueño.

 

***

 

Tres elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña

como veían que resistía fueron a llamar a otro elefante.

 

***

Hoy no encontré el dinero en mi chaqueta, tampoco las llaves del coche. Wilma me ha dejado una nota: “No confíes en nadie que te pase la pomada”, decía.

 

***

 

Cuatro elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña…

 

***

 

El viejo me ha dejado un mensaje en el contestador del teléfono. Dice que me embutirá el azúcar pulverizada de las bolsas hasta que me ahogue sin resuello. “Para que quedés como un postre, ladrón malparido”. Decido endulzar el café que me estoy tomando. Cuelgo el teléfono. Extraño la erre de Wilma y su babydoll blanco.

 

 @GustavoForeroQ / gustavo.forero@udea.edu.co

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